Si alguien buscaba una forma elegante de decir “no estamos creciendo, pero tampoco nos estamos cayendo del todo”, el Inegi y los bancos ya hicieron el trabajo sucio: la economía mexicana arrancó 2026 con una contracción de 0.62% en el primer trimestre. Sí, contracción. No desaceleración, no ajuste técnico, no “pausa táctica”: caída.
Eso sí, para no herir susceptibilidades, el dato vino maquillado como “menos malo” que el -0.77% de la estimación oportuna. En otras palabras: sí nos encogimos, pero no tanto como pensábamos. Consuelo estadístico nivel 4T.
Radiografía del tropiezo: todos caen, unos con más estilo que otros
Al abrir el cofre del PIB, el panorama no mejora, solo se vuelve más detallado:
- El campo (actividades primarias) cayó 1.7%, peor de lo esperado y después de haber crecido el trimestre anterior. Traducción: ni la milpa aguantó el ritmo.
- La industria retrocedió 1%, ligeramente menos dramático que el -1.1% previsto, pero viniendo de un crecimiento previo. Es decir, pasó de avanzar a frenar en seco.
- Los servicios —el motor real de la economía mexicana— también tropezaron con una caída de 0.4%. Menos feo que el -0.6% anticipado, pero caída al fin.
El resultado agregado es un retrato incómodo: no hay un solo sector que esté jalando con claridad. Todos están, en el mejor de los casos, cayendo “poquito”.
El crecimiento que apenas respira
A tasa anual, el PIB creció 0.2%. Sí, crecimiento… pero tan marginal que parece error de redondeo. Apenas por encima del 0.1% que se esperaba. Una economía que “avanza” a ese ritmo no está despegando: está sobreviviendo.
Y aquí viene el dato clave que desnuda la narrativa oficial: aun con el optimismo de Banamex, México crecería 1.3% en 2026 y 1.8% en 2027. Resultado: cuatro años consecutivos por debajo del promedio histórico de 1.9% (2000-2018).
Es decir, ni siquiera se alcanza el mediocre estándar del pasado. La “transformación” consiste, en los hechos, en institucionalizar el crecimiento raquítico.
El optimismo condicionado: sí, pero si…
Los analistas financieros, fieles a su tradición de optimismo con asterisco, plantean un escenario donde “todo podría mejorar”… siempre y cuando:
- Se reduzca la incertidumbre (política, regulatoria, comercial).
- El gobierno deje de subejercer el gasto público (es decir, que sí gaste lo que presupuestó).
- La inversión privada recupere confianza.
- Estados Unidos no se desacelere.
- El T-MEC no entre en zona de turbulencia.
- El sector petrolero no siga deteriorándose.
Demasiados “si” para una economía que ya viene cojeando.
Consumo y exportaciones: los salvavidas frágiles
El único respiro proviene de dos frentes:
- El consumo, sostenido por el empleo formal.
- Las exportaciones, beneficiadas por la posición arancelaria frente a Estados Unidos.
Pero ambos dependen de factores externos o coyunturales. No son producto de una estrategia interna robusta, sino de inercias que podrían revertirse.
Banorte ajusta la expectativa: cuando el optimismo también se recorta
Por si hacía falta otro balde de agua fría, Banorte ya recortó su pronóstico de crecimiento para 2026 de 1.8% a 1.4%.
El diagnóstico es claro: el año empezó débil, tras un cierre relativamente sólido en 2025, y el entorno global —geopolítico y comercial— no ayuda. La apuesta es una recuperación “gradual”, que en lenguaje financiero suele significar lenta… y frágil.
La conclusión incómoda
La economía mexicana no está colapsando, pero tampoco está creciendo de forma consistente. Está atrapada en un limbo donde caer poco se celebra y crecer casi nada se presume.
La llamada “mediocridad cuatritransformadora” no es un insulto: es una descripción estadística. Un país que encadena años por debajo de su propio promedio histórico no está transformándose; está administrando su estancamiento con narrativa.
Y en economía, como en política, los números terminan exhibiendo lo que el discurso intenta ocultar.
Con informacion: ELNORTE/
Deja una respuesta