La historia de Regina no sólo habla de un milagro, de una familia que no soltó la esperanza y de Andrea, la joven italiana cuya donación salvó siete vidas. También deja una pregunta incómoda, de esas que en México se suelen esquivar entre discursos, inauguraciones y promesas de “sistemas de salud de primer mundo”: ¿qué habría pasado si ese infarto la sorprendía aquí?

Regina, una joven regiomontana de 19 años, sobrevivió a una anomalía coronaria, a un infarto en el mar, al coma inducido, al ECMO, al Impella y a una espera desesperada por un corazón. Pero sobrevivió, sobre todo, porque la emergencia ocurrió en Italia: un país donde un hospital la recibió siendo extranjera, la trasladó entre centros especializados, la integró a una lista nacional de urgencia y encontró un órgano compatible en cuestión de semanas. No fue magia. Fue medicina organizada, infraestructura, protocolos, especialistas y una cultura de donación que entiende que, cuando una vida termina, otras pueden empezar.

En México, en cambio, seguimos viviendo dentro de la propaganda de una Dinamarca imaginaria. Nos vendieron durante años la postal de un sistema sanitario nórdico, eficiente y universal, mientras millones de pacientes conocen la versión real: hospitales saturados, citas que se aplazan durante meses, familias que hacen rifas para pagar medicamentos, ambulancias que llegan tarde, clínicas sin insumos y enfermos que aprenden que el derecho a la salud tiene horarios, ventanillas, requisitos y, muchas veces, precio.

La diferencia se entiende mejor con un ejemplo brutal: Regina necesitó una cadena de decisiones rápidas. Una ambulancia, terapia intensiva, estudios especializados, traslado a hospitales de mayor complejidad, soporte mecánico cardiaco, inclusión inmediata en una lista de trasplante y finalmente un corazón disponible. Basta con que falle uno de esos eslabones para que una tragedia clínica se convierta en una sentencia. En Italia, la cadena funcionó. En México, demasiadas familias saben que la cadena suele romperse desde el principio: no hay cama, no hay ambulancia, no hay especialista, no hay medicamento, no hay máquina, no hay órgano, no hay presupuesto. Pero sí hay conferencia mañanera para presumir que todo marcha “mejor que nunca”.

La gratitud de Regina hacia Italia es profundamente humana: “La verdad estoy bastante agradecida de que me haya pasado en Italia, porque todo salió a la perfección”. Esa frase debería caer como una piedra sobre la retórica oficial mexicana. No porque México carezca de médicas, médicos, enfermeras, cirujanos y personal hospitalario extraordinario —los hay, y sostienen el sistema con vocación casi heroica—, sino porque el Estado los ha obligado a trabajar en condiciones indignas, parchando con esfuerzo individual lo que debería estar garantizado por una política pública seria.

Italia no le regaló un milagro a Regina. Le ofreció algo más elemental y menos romántico: la posibilidad real de no morir por falta de atención. Le dio una red hospitalaria que respondió a tiempo y una cultura de donación capaz de transformar el dolor de la familia de Andrea en siete oportunidades de vida. México, mientras tanto, sigue debatiendo cómo mejorar las cifras, cómo centralizar compras, cómo reorganizar instituciones y cómo bautizar programas, como si cambiar el logotipo fuera equivalente a reparar un quirófano.

La historia de Regina también desnuda otra deuda nacional: la donación de órganos. México necesita campañas permanentes, información clara, coordinación efectiva y confianza en las instituciones. Porque no basta con pedirle a la ciudadanía que done; hay que asegurarle que existe un sistema capaz de procurar, trasladar, asignar y trasplantar órganos con rapidez, transparencia y dignidad. Un corazón donado no puede quedar atrapado en el mismo laberinto burocrático que condena a tantos pacientes a esperar una consulta.

Regina volverá a estudiar, a caminar, a mirar el cielo y quizá a encabezar una campaña para impulsar la donación de órganos. Su segunda oportunidad tiene el nombre de Andrea y el respaldo de un sistema que respondió cuando cada minuto contaba. Ojalá en México dejemos de compararnos con Dinamarca desde el atril y empecemos, al menos, por garantizar que una joven con el corazón colapsado no tenga que agradecer que su emergencia ocurrió lejos de casa.

Con información: ELNORTE/

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