Don Refugio Vega Flores no entró al IMSS buscando un milagro. Entró caminando, consciente, con una fractura en el antebrazo. Salió —o más bien, sigue atrapado— convertido en un catálogo clínico de todo lo que puede salir mal en el sistema de salud público que desde Palacio Nacional se presumía como “mejor que el de Dinamarca” y seguimos en las mismas con la pupila del segundo piso de cuarta.

El 9 de abril llegó a la Clínica 21. Cuarenta y un días después, el hombre de 66 años está en terapia intensiva en la Clínica 6: intubado, con traqueotomía, neumonía, neumotórax, sepsis, choque séptico y falla orgánica. Un recorrido hospitalario que parece más una cadena de errores que una ruta de atención médica.

La historia, denunciada penalmente ante la FGR por su hija Zaira Vega, no apunta a un “evento adverso”, como suele maquillarlo la burocracia médica, sino a una posible cascada de negligencias con nombres y apellidos: Arturo Villarreal, Rafael Trejo, Ana Silva Esquiff, José Hernández (subdirector de la Clínica 6) y un enigmático “Doctor Plata”, jefe de Cirugía.

Porque aquí no hubo solo mala suerte: hubo traslados absurdos entre clínicas, omisión quirúrgica oportuna, un catéter mal colocado que terminó dañando el pulmón, y una infección que evolucionó hasta convertirse en sentencia de muerte lenta. Por si fuera poco, el paciente adquirió bacterias típicas de entornos hospitalarios contaminados —acinetobacter y pseudomonas—, esos huéspedes frecuentes cuando la higiene institucional es más discurso que práctica.

La versión oficial del IMSS, predeciblemente, cuenta otra historia: que el paciente ya llegó complicado, que la infección estaba avanzada, que la diabetes agravó el cuadro, que se actuó “de inmediato”, que hubo antibióticos, cirugías y ajustes constantes. El guion clásico: el sistema funciona, el paciente es el problema.

Pero los tiempos no cuadran, y las complicaciones tampoco brotan espontáneamente. Una fractura sin cirugía oportuna que deriva en sepsis no es exactamente un caso de evolución inevitable. Es, más bien, el tipo de desenlace que ocurre cuando la saturación, la negligencia o la descoordinación se normalizan.

Mientras tanto, desde la narrativa oficial se insiste en que el sistema de salud está en su mejor momento histórico. En la realidad —esa que no cabe en conferencias matutinas—, hay pacientes que entran por una lesión tratable y terminan conectados a un respirador, convertidos en evidencia viva de que el problema no es solo clínico, sino estructural.

Don Refugio no es una estadística todavía. Es una advertencia.

Con informacion: EL NORTE/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *