Omar Alejandro López Campos, suplente del senador Enrique Inzunza, rindió protesta ayer como senador ante la ausencia de casi un mes de dicho legislador por Sinaloa, quien es acusado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos de nexos con el crimen organizado.

Inzunza nada más pidió licencia para separarse del cargo como senador los días jueves 28 y viernes 29 hasta las 15:00 horas. En otras palabras, sólo perdería el fuero por 22 horas, pero ya se reincorporo.

López Campos era hasta su ungimiento temporal el secretario del Bienestar en Sinaloa y es ahijado del gobernador con licencia, Rubén Rocha Moya.

Esta maniobra legislativa es las que rozan lo absurdo: pedir licencia por 22 horas. Ni un día completo. Ni siquiera una jornada legislativa con dignidad. Veintidós horas quirúrgicamente calculadas para no perder un voto en el Senado. La democracia convertida en trámite exprés.

El movimiento fue tan burdo que no requiere interpretación, sino aritmética básica. Si el senador se ausenta más tiempo, el escaño se mueve, el equilibrio se altera y el tablero político cambia. Así que no: mejor una licencia microscópica, lo suficiente para cumplir con el requisito formal y lo suficientemente corta para que nada cambie en lo sustancial. Legal, sí. Decente, difícil sostenerlo.

En su lugar aparece el suplente, Omar López, quien rinde protesta en este interludio de 22 horas. No es un relevo cualquiera: es ahijado político de Rubén Rocha Moya, otra figura igual perseguida por EE.UU. La cadena de favores y lealtades queda expuesta sin necesidad de adjetivos. El Senado, en este episodio, parece menos un órgano legislativo y más un mecanismo de administración de cuotas.

Aquí no hay improvisación. Hay cálculo frío. Cada minuto cuenta porque cada voto cuenta. Y cuando el margen es estrecho, se vale todo: licencias exprés, suplencias relámpago y juramentos que duran menos que un turno laboral. El mensaje es claro: no importa la forma, importa conservar el control.

Pero lo que más pesa no es la ingeniería política, sino el gesto previo: el senador que iba a presentarse y no lo hizo. Reculó. Sin matices. En política, las ausencias hablan más que los discursos, y esta ausencia tiene el volumen de una declaración completa. Porque cuando toca dar la cara y se opta por la retirada, lo que queda no es estrategia: es evidencia.

Y al final, el episodio completo se resume en eso: un escaño tratado como ficha intercambiable, una suplencia activada por horas como si fuera un turno temporal, y un senador que decidió no estar. Lo demás —las formalidades, los tecnicismos, las justificaciones— son ruido. La cifra real no son 22 horas. Es el costo político de no sostenerse en el lugar que se ocupa.

Con informacion; ELUNIVERSAL/

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