El Mundial más grande de la historia arranca mañana en el Azteca, como si el fútbol necesitara otro pretexto para convertirse en espectáculo global con esteroides. México inaugura contra Sudáfrica, pero el verdadero partido se juega en otro lado: en Estados Unidos, que se queda con 78 de los 104 encuentros y, cómo no, la final. Canadá y México aparecen en el cartel, pero el negocio habla inglés.
Gianni Infantino, siempre listo para vender épica en envase corporativo, proclamó en la ONU —ese club que supuestamente evita guerras— que “todos los ojos estarán puestos en Norteamérica” y que el fútbol une más de lo que divide. Curiosa elección de escenario y discurso para un torneo cuyo anfitrión principal viene de lanzar una ofensiva militar contra Irán sin aval internacional y mantiene tensiones diplomáticas con uno de sus propios socios organizadores.
Pero nada dice “unidad” como un Mundial donde un árbitro somalí, reconocido como el mejor de África, es rechazado en la frontera de Miami. Omar Artan no pasó el filtro migratorio. Tampoco es un detalle menor: Somalia está en la lista negra. Irán, también. Su selección jugará, sí, pero prácticamente de visita incómoda, instalando base en Tijuana para pisar lo menos posible suelo estadounidense. A varios miembros de su delegación ni siquiera los dejaron entrar. Bienvenidos al Mundial global, con acceso restringido.
En paralelo, la FIFA monta su parque temático del exceso.Más equipos, más partidos, más dinero. Y entradas que parecen diseñadas para jeques, fondos de inversión y algún que otro influencer con patrocinio: hasta 30.000 dólares por asiento. Seguir a una selección como España puede costar más de 60.000 dólares para dos personas. La mitad, solo en boletos. El resto, en sobrevivir a hoteles inflados, vuelos oportunistas y transporte público con tarifas multiplicadas por ocho. Todo bajo el elegante disfraz del “precio dinámico”, esa forma sofisticada de llamar a la especulación en tiempo real.
Y si pensabas compensar con una botella de agua, tampoco. La FIFA intentó prohibir incluso el acceso con envases vacíos en plena ola de calor. Solo recularon cuando alcaldes, políticos y la presión pública les recordaron que la hidratación no debería ser un lujo premium. Resultado: podrás entrar con una botellita sellada de medio litro. Generosidad corporativa.
Mientras tanto, el ICE coquetea con la idea de redadas cerca de estadios, organizaciones civiles denuncian violaciones de derechos humanos y los aficionados migrantes hacen cálculos no sobre alineaciones, sino sobre riesgos. El fútbol como fiesta global, sí, pero con control migratorio en la puerta.
En el fondo, el torneo es exactamente lo que promete: el Mundial de los récords, del dinero desbordado y de la contradicción permanente. Un evento que predica unión mientras levanta muros, que celebra la diversidad mientras filtra quién puede entrar, y que convierte la pasión en producto de lujo. El balón rueda mañana, pero el negocio ya lleva meses goleando.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/DIEGO FONSECA
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