En México hay historias que no mueren, solo se maquillan… y regresan al escenario cuando menos conviene. El caso Trevi-Andrade es una de esas: un expediente que se niega a cerrar porque, en el fondo, nunca terminó de contarse completo.

Todo estalló el 13 de enero del 2000, cuando Gloria Trevi, Sergio Andrade y María Raquenel Portillo fueron detenidos en Río de Janeiro por la Interpol. No era un escándalo cualquiera: los buscaban por rapto, violación agravada y corrupción de menores en agravio de Karina Yapor, una niña cuya desaparición había sido denunciada meses antes en Chihuahua. A partir de ahí, lo que siguió no fue justicia inmediata, sino una persecución internacional digna de guion oscuro: órdenes de captura, extradiciones lentas y un circo mediático que nunca bajó el telón.

Brasil concedió la extradición en diciembre del 2000, pero Trevi no pisó México sino hasta finales de 2002. Dos años más de proceso, cárcel y titulares después, salió libre en septiembre de 2004. Cuatro años, ocho meses y ocho días después de haber caído. Absolución. Fin legal… pero no moral. Porque en este caso, como en tantos otros, la sentencia no logró clausurar las dudas.

Y cuando parecía que todo quedaría archivado en la memoria incómoda del país, el pasado decidió cobrar intereses. En 2022, una denuncia civil en Estados Unidos —destapada por Rolling Stone— volvió a poner los nombres sobre la mesa: reclutamiento, manipulación, abusos en los años noventa. Viejas heridas, ahora bajo otro sistema judicial, otro idioma… y otra disposición a escuchar.

Para 2023, el tablero dio otro giro: Gloria Trevi demandó a Sergio Andrade en Los Ángeles, acusándolo de haberla convertido en su “activo más valioso”, bajo control, abuso y explotación. No fue la única. María Raquenel Portillo —la misma Mary Boquitas— también lo llevó a tribunales. El relato cambió de ángulo: de acusadas a víctimas, de cómplices a sobrevivientes. El problema es que en esta historia nadie logra salir completamente limpio.

Y entonces, 2026. Karina Yapor reaparece. Ya no como la menor que denunció, sino como una mujer que exige ser escuchada en otra cancha. Su mensaje no fue tibio: recordó su declaración siendo niña y contrastó con su reciente careo en Estados Unidos. Misma escena, distintos tiempos. Ya no tenía 12 años. Ya no estaba sola. Y esta vez —dice— nadie pudo intimidarla.

Como si hiciera falta más gasolina, el frente legal sigue abierto en México. Marlene Calderón, otra ex corista que acusa abusos, enfrenta una demanda de Trevi por daño moral. Pero el caso dio un giro técnico: un tribunal resolvió que no debe juzgarse en Ciudad de México, sino en Los Mochis, Sinaloa. Victoria procesal para Calderón, que ahora prepara contraataque. Porque aquí nadie está dispuesto a soltar.

Así sigue esta historia: una guerra de versiones, víctimas que también son señaladas, acusaciones cruzadas y tribunales en dos países intentando ordenar lo que durante décadas fue caos, poder y silencio. El expediente podrá cambiar de jurisdicción, de juez o de narrativa… pero no de esencia.

Porque hay casos que no terminan cuando lo dice un juez. Terminan cuando se agota la verdad. Y este, claramente, todavía no llega ahí.

Con informacion: ELNORTE/

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