Luego de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmara en la Cumbre del G7 que los cárteles controlan totalmente México, señalara que la presidenta Claudia Sheinbaum “está muy asustada” y advirtiera que su país podría tomar acciones directas en territorio mexicano si no se frena el tráfico terrestre, el diputado de Morena, Ricardo Monreal, habló en su más reciente colaboración en El Universal sobre la supuesta “mesura” de la mandataria: un concepto que, en los hechos, ni conoce ni practica.
Segun una fábula citada por el legislador verbodiarreico, la presidenta encarna la “mesura” del héroe homérico que se amarra para no sucumbir al canto de las sirenas. Bonito recurso literario, si no fuera porque la realidad reciente lo desmiente sin esfuerzo: hace apenas unos días la escuchamos en el Zócalo gritarle a Estados Unidos,asi que “no conoce la mesura”. Curiosa definición de serenidad: la que se proclama a gritos.
El problema no es citar a Ulises, sino usarlo como coartada. Monreal pretende instalar la idea de que cualquier crítica externa es una “provocación electoral” y que toda respuesta del gobierno, por estridente que sea, debe leerse como “contención estratégica”. Es un truco viejo: redefinir los hechos para que encajen en el relato. Si el discurso sube de tono, no es exabrupto, es “firmeza sin estridencias”. Si hay confrontación, no es pleito, es “dignidad institucional”. Cambiarle el nombre a las cosas no cambia lo que son.
También hay una omisión deliberada: la mesura no se mide en comunicados bien escritos ni en columnas autocomplacientes, sino en la conducta consistente del poder. Y ahí es donde la narrativa se cae. No puedes pedirle al público que compre la imagen de prudencia quirúrgica mientras el discurso político interno vive de la polarización, la descalificación y el señalamiento constante. No hay Ulises que resista esa contradicción.
El pasaje del G7 que menciona Monreal sirve más para propaganda que para análisis. Sí, en Estados Unidos hay retórica electoral que usa a México como piñata. Eso no es nuevo ni controversial. Lo cuestionable es convertir esa realidad en un escudo automático para evitar cualquier evaluación crítica de la política propia. Porque entonces todo se vuelve excusa externa y nunca responsabilidad interna.
Luego viene el argumento recurrente: el narcotráfico es binacional. Cierto. Pero usar esa verdad como comodín para diluir responsabilidades tampoco es serio. Que el problema sea compartido no significa que la gestión local esté exenta de escrutinio. Y mucho menos convierte en “simplista” cualquier señalamiento sobre la violencia o el control territorial. Simplista es reducir la crítica a propaganda extranjera.
El texto remata con una oda a la “mesura” como si fuera una virtud indiscutible en sí misma. Pero la mesura no es un valor absoluto; depende del contexto. Hay momentos donde la prudencia es inteligencia, y otros donde es cálculo político o simple narrativa para encubrir inconsistencias. Aquí parece más lo segundo.
En el fondo, la columna de Monreal no defiende una estrategia de política exterior: defiende una imagen. Y la defiende con metáforas épicas, citas de medios internacionales y una dosis generosa de eufemismos. Pero la realidad es más terca que la retórica: no hay serenidad creíble cuando el tono cambia según el escenario, ni hay liderazgo “mesurado” que necesite explicarse a través de analogías literarias para sostenerse.
Ulises se ató para no ceder al canto de las sirenas. Aquí, en cambio, parece que el amarre es discursivo: todo debe sonar a mesura, aunque no lo sea.
Con informacion: ELUNIVERSAL+/
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