En el sur de Sinaloa, donde la geografía se presta más a esconder hombres armados que a perderse de vacaciones, el Estado volvió a jugar a la cacería mayor. Esta vez, el objetivo tiene alias de caricatura bélica y expediente de alto calibre: Óscar Luciano Martínez Larios, mejor conocido como “El Casco 81”, operador de confianza de Los Chapitos y pieza clave en el tablero criminal de la región de Rosario y Concordia.

Ayer sábado no fue un día cualquiera. Tierra y aire se llenaron de uniformes. Ejército y Marina irrumpieron en Agua Verde con despliegue completo: convoyes por brechas, vigilancia aérea y esa coreografía ya conocida de helicópteros sobrevolando comunidades donde la ley suele llegar tarde y salir rápido.

La misión: ubicar a “El Casco”, uno de los nombres que más ruido hace en los reportes de inteligencia cuando se habla del sur sinaloense.

Mientras en el terreno se mueven tropas, en el discurso institucional se administra el silencio. Hasta ahora, ni captura confirmada ni saldo definitivo. El objetivo, oficialmente, sigue en el aire.

“El Casco 81” no es un improvisado. Es parte de una dinastía criminal en ascenso: los hermanos Martínez Larios, una familia que encontró en la fractura del Cártel de Sinaloa —tras la caída de “El Chapo” en 2016— la oportunidad perfecta para escalar posiciones dentro del ala de Los Chapitos. Junto a él operan “El Gabito”, “El Owen” y “El Monstruo”, apodos que parecen sacados de un guion exagerado, pero que en la sierra tienen peso real, operativo y letal.

Desde Guadalajara hasta la sierra sinaloense, el grupo ha tejido una red que combina lo clásico y lo contemporáneo: control territorial, rutas de trasiego, células armadas, pero también drones, explosivos artesanales y campamentos móviles. Una guerra que ya no solo se libra con rifles, sino con logística y tecnología adaptada al terreno.

El sur de Sinaloa dejó de ser periferia para convertirse en campo de batalla. La ruptura entre Los Chapitos y la facción ligada a Ismael “El Mayo” Zambada encendió una disputa que se traduce en desplazamientos forzados, comunidades sitiadas y enfrentamientos intermitentes que rara vez trascienden más allá de reportes fragmentados y notoriamente maquillados.

El nombre de “El Casco” cobró aún más notoriedad este año tras la desaparición de trabajadores mineros en Concordia, un episodio que obligó a las autoridades a voltear —otra vez— hacia una región donde el Estado entra con operativos espectaculares y sale sin certezas duraderas. A eso se suman señalamientos por extorsión y el hallazgo de arsenales junto a miles de explosivos improvisados, evidencia de una estructura que no solo resiste, sino que se adapta.

La parentela del Casco»:

Óscar Luciano Martínez Larios “El Casco”
Clave: El 81
Año de Nacimiento: 1988

Gabriel Nicolás Martínez Larios “El Gabito”
Clave: El 80
Año de Nacimiento: 1989

José Luis Martínez Larios “El Monstruo” (Asesinado en 2015)
Clave: El 51
Año de Nacimiento: 1990

Eduardo Jonathan Martínez Larios “El Owen”
Clave: N/A

Ano de Nacimiento: 1991

Mientras tanto, en el terreno, la escena se repite: convoyes que avanzan, helicópteros que vigilan, comunidades que observan en silencio y un objetivo que, al menos por ahora, sigue siendo más mito operativo que trofeo confirmado.

Porque en Sinaloa, encontrar a alguien como “El Casco” no es solo cuestión de fuerza. Es cuestión de tiempo, filtraciones… y de quién llega primero.

Con información: EL NORTE/ @HEARST/

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