“Ya bajaron los homicidios”, dicen. Lo repiten con esa calma de quien mira gráficas y no cuerpos. Lo sueltan como logro, como consigna, como si las cifras alcanzaran para tapar el ruido seco de un fusil a plena luz del día. Pero hay frases que, en ciertos contextos, no son datos: son ofensas.

Porque mientras celebran la estadística, en Escobedo N.L un padre cargaba a su hijo de un año —un bebé— cuando lo alcanzaron las balas. No hubo advertencia, no hubo margen, no hubo “daño colateral” que maquille lo que es: un niño ejecutado en medio de una guerra que ya ni siquiera finge tener reglas. Veinte casquillos. Un coche que pasa. Tres vidas apagadas. Y luego el traslado al IMSS, esa coreografía conocida donde la esperanza llega tarde y la muerte ya está sentada esperando turno.

Entonces, ¿qué significa que “bajaron los homicidios”? ¿Que ahora matan menos… pero mejor? ¿Que la violencia se volvió más selectiva, más eficiente, más normalizada? Porque lo que sí ha subido es otra cosa: la tolerancia al horror. La costumbre. El vicio de administrar la tragedia en porcentajes.

Se volvió rutina contar muertos sin decir nombres. Ajustar discursos mientras las familias ajustan ataúdes. Y en ese ejercicio perverso, el país aprende a conformarse: si no nos toca, si es “menos que antes”, si cabe en la narrativa, entonces se puede vivir con ello.

Pero no. No se puede. No debería.

Decir que “ya bajaron los homicidios” frente a un bebé asesinado no es torpeza: es cinismo. Es haber cruzado la línea donde la vida deja de ser el centro y se convierte en variable. Es aceptar que siempre se puede estar peor… y usarlo como consuelo.

Y ese, quizás, es el verdadero fracaso: no solo que maten, sino que nos acostumbremos a cómo lo cuentan.

Con información: ELNORTE/

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