Hay ataúdes que pesan más que otros. No por la madera, ni por los arreglos florales, ni por la fila interminable de gente que llega a despedirse con los ojos hinchados. Pesan más porque contienen una pregunta que nadie quiere responder: ¿por qué?

Dafne tenía 13 años. Trece. La edad en la que el mundo todavía debería ser una promesa y no una sentencia. Cuatro días le bastaron a una institución que presume “disciplina” para devolverla convertida en cuerpo, en expediente, en versión oficial por construir. Cuatro días. Ni siquiera el tiempo suficiente para aprender a marchar, pero sí para aprender —a golpes— que hay sistemas que confunden formación con sometimiento, carácter con quebranto, autoridad con abuso.

Y entonces aparecen las explicaciones de siempre: que si se desmayó, que si se cayó, que si traía un cuadro gripal. Como si los moretones hablaran menos que los comunicados. Como si el cuerpo de una niña pudiera ser reducido a una suma de accidentes convenientes. Como si la violencia necesitara testigos para existir.

Pero esto no empieza ni termina con Dafne.

Es la misma lógica que recorre otras historias: jóvenes humillados, castigados, llevados al límite en nombre de una supuesta “forja”. Instituciones que venden orden mientras administran miedo. Adultos que llaman disciplina a lo que, en cualquier otro contexto, reconocerían sin titubeos como maltrato. Y una sociedad que, demasiadas veces, mira hacia otro lado porque le dijeron que así se hacen los “fuertes”.

No. La fuerza no se construye destruyendo.

No hay carácter en el dolor impuesto. No hay honor en la violencia normalizada. No hay formación en la deshumanización.

Lo que sí hay es una cadena de silencios, de negligencias, de complicidades que terminan, una y otra vez, en lo mismo: una familia rota, una comunidad en duelo, una niña que no vuelve.

Y en medio de todo, la palabra que incomoda: feminicidio. Porque cuando una niña muere bajo custodia de una estructura que debió protegerla, cuando su cuerpo presenta signos que exigen explicación y lo que recibe la sociedad son versiones tibias, fragmentadas, evasivas, no estamos frente a un simple “incidente”. Estamos frente a una violencia que tiene historia, que tiene patrones, que tiene responsables.

Dafne no necesitaba disciplina. Necesitaba cuidado.

No necesitaba endurecerse. Necesitaba crecer.

No necesitaba sobrevivir a un sistema. Necesitaba vivir.

Hoy la despiden con globos blancos, con flores, con caravanas. Gestos hermosos, sí, pero insuficientes si no se transforman en algo más incómodo: exigencia, memoria, ruptura. Porque el verdadero homenaje no está en el luto, sino en la negativa a aceptar que esto es normal, que esto es parte del proceso, que esto “forma carácter”.

Si algo queda claro, es esto: hay disciplinas que no educan, que no forman, que no construyen. Hay disciplinas que matan.

Y mientras no lo digamos sin rodeos, mientras no se señale con nombre y apellido a quienes sostienen estos modelos, mientras se siga protegiendo la fachada por encima de la vida, seguirán apareciendo más Dafnes.

Y entonces el problema no será la falta de disciplina.

Será la falta de humanidad.

Con información: ELNORTE/

Una respuesta a ««VELAN a DAFNE… ¿QUIÉN SIGUE?: MANTE RECIBIÓ el CUERPO con GLOBOS tras MORIR en una ACADEMIA MILITARIZADA…la fuerza y el carácter no se construyen destruyendo.»»

  1. A los 13 años de Dafne, quien la llevó a ese lugar a que la trataran así?
    Quien prefirió disciplina y forjar carácter antes de ser familia y desarrollar el mismo carácter y aptitudes?
    Por supuesto que debe haber responsables pero no de un solo lado.
    Tampoco hay que normalizar a tomar decisiones y después ser víctimas.
    Todos los que tienen edad legal de decidir que respondan (todos)

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