Francisco Alejandro Leyva Aguilar fue asesinado en Oaxaca después de hacer lo que muchos en el poder detestan: escribir, cuestionar y exhibir. La ironía es casi obscena: cuando la crítica incomoda, el discurso oficial corre a lamentar la tragedia con su libreto de siempre, mientras la realidad sigue cobrando la factura en sangre.
El periodista fue férreo crítico del gobierno del morenista Salomón Jara Cruz y fue ejecutado la mañana de este miércoles en el Fraccionamiento Esmeralda mientras desayunaba en un puesto de comida.
La Fiscalía General del Estado de Oaxaca confirmó el asesinato del ex director de la Corporación Oaxaqueña de Radio y Televisión (Cortv) y titular de la columna «El Zumbido del Moscardón».
Leyva no era un adorno del periodismo local; era una voz incómoda, de esas que el gobierno tolera solo mientras no toquen nervios sensibles. Su muerte deja al descubierto el viejo guion de la simulación: condenas públicas, promesas de investigación y una instantánea indignación institucional que suele durar menos que el eco del disparo.
En un país donde ya suman varios asesinatos de periodistas este año, el homicidio de Leyva no es una excepción trágica, sino otro expediente que confirma lo que el poder se empeña en maquillar: ejercer el periodismo crítico sigue siendo una actividad de alto riesgo. Y, por supuesto, al gobierno siempre le queda muy bien la pena ajena cuando ya no puede evitar el escándalo.
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— Valor Tamaulipeco (@VaxTamaulipas) July 18, 2026
"MEDIO AÑO de TERROR: PRENSA NACIONAL EN TERAPIA INTENSIVA: 6 PERIODISTAS MUERTOS desde ENERO"…un Estado que bosteza y un país que ya normalizó la morgue como espacio de trabajo. https://t.co/KST8nWEpgK pic.twitter.com/oKaIGAkoAR
Con informacion: PROCESO/




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