En Tamaulipas, la escena no necesitó discursos largos ni promesas recicladas: bastó una mano extendida… y otra que decidió no corresponder.

El gobernador Américo Villarreal llegó a Ciudad Mante con el libreto de siempre: evento público, palabras de compromiso y la promesa —otra más— de que “se hará justicia”. Pero enfrente no tenía a un auditorio dócil, sino a Juana Laura Martínez, abuela de Dafne Zapata Quintos, una niña de 13 años asesinada. Y ahí, en ese momento incómodo que ningún protocolo sabe manejar, la realidad le dio una bofetada al poder.

El gobernador estiró la mano. La abuela la retiró del juego.

No fue un desaire menor, fue un mensaje completo: en Tamaulipas, la justicia no se saluda, se exige. Y mientras no llegue, no hay foto, no hay gesto, no hay cortesía que valga.

“¿Sabe cuándo le voy a dar la mano?”, le soltó sin rodeos. “Cuando ya estén adentro”. Traducción directa: cuando los responsables del feminicidio de su nieta estén pagando de verdad, no cuando estén en el cómodo limbo de la prisión preventiva y los discursos oficiales.

Porque sí, hay detenidos. Sí, hay proceso. Sí, hay palabras. Pero para las víctimas, la justicia no es un trámite en curso ni una carpeta bien archivada: es una deuda abierta.

El gobernador habló de tiempos legales, de procesos, de derechos. La abuela habló de hambre de justicia. Y en ese choque, el lenguaje del poder quedó reducido a tecnicismos frente a una verdad mucho más simple: la paciencia se agotó.

Al final, Villarreal asintió, giró y siguió su agenda. La abuela se quedó sin estrechar manos, pero con algo mucho más contundente: dejó claro que en este país, a veces el gesto más político no es levantar la voz… sino negarse a bajarla.

Con información: ELNORTE/

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