El expresidente Andres Manuel López Obrador «Hablador», no se expresó como jefe de Estado, sino como un médico extraviado que presume la fiebre baja de un paciente porque la infección ya conquistó todo el cuerpo.

El diagnóstico invertido

En una de sus intervenciones mañaneras, el expresidente ensaya una de las racionalizaciones más perturbadoras de su sexenio: donde una sola banda domina, dice, hay menos homicidios. Su ejemplo insinuado fue Sinaloa; el contraste, Michoacán, donde la pluralidad de grupos criminales produce guerra, cadáveres y disputa territorial. La tesis no era combatir el cáncer, sino celebrar que un tumor hubiera devorado a los demás.

Bajo esa lógica torcida, el problema no era que el crimen organizado gobernara territorios, extorsionara comunidades o sustituyera al Estado: el problema era que hubiera demasiados cárteles compitiendo por el control del paciente. La “paz” no se medía por instituciones funcionales, justicia o seguridad ciudadana, sino por la capacidad de una banda dominante para imponer silencio sobre las demás

El charlatán matasanos que recetó enfermedad

La metáfora médica resulta inevitable: el doctor López «Hablador» diagnosticó violencia criminal, pero en vez de extirpar el mal, pareció recomendar que la infección se estabilizara bajo una sola cepa.

  • Si hay diez bacterias peleando entre sí, como dijo sobre Michoacán, hay fiebre, hemorragia y muerte.
  • Si una bacteria elimina a las otras y coloniza el organismo completo, entonces baja el ruido de la guerra.
  • Y el médico, en vez de alarmarse por la septicemia, presume que el paciente “ya no grita”.

Eso es lo que destila aquella declaración en video: una normalización casi clínica de la captura criminal. No importa que el cártel controle rutas, policías, mercados, cobros de piso, municipios y vidas; mientras no haya balacera visible entre facciones, el expediente puede maquillarse como una mejora estadística.

La paz del absceso

AMLO que mas bien debería ser «MALO» ,reconocía que una parte central de los homicidios estaba asociada a enfrentamientos entre grupos criminales y señaló que seis estados concentraban 49% de los asesinatos: Michoacán, Guanajuato, Estado de México, Baja California, Jalisco y Sonora. Pero el remedio que se desprendía de su razonamiento no era recuperar el monopolio legítimo de la fuerza, investigar redes de protección política o desmontar finanzas criminales. Era aceptar, de hecho, la “estabilidad” que nace cuando una organización deja sin rivales a una entidad.

Es una doctrina de salud pública al revés: no curar la epidemia, sino escoger cuál variante habrá de contagiar a todos. No reconstruir el sistema inmunológico del Estado, sino dejar que una bacteria se vuelva hegemónica para que las demás dejen de pelear por el cadáver.

Y así, la reducción temporal o aparente de homicidios podía venderse como éxito que hoy paga Sinaloa, aunque debajo de la gráfica siguieran latiendo la extorsión, la desaparición, el control territorial, el miedo y la impunidad. Menos disparos no significan necesariamente más paz; a veces sólo significan que la banda ganadora ya no necesita disparar tanto.

El doctor de Palacio no ofreció cirugía contra el crimen. Ofreció cuidados paliativos para un Estado invadido por quienes crecieron paralelamente a Morena. Y mientras presumía que la violencia podía disminuir si una sola banda mandaba, convirtió la infección en política pública: dejar que el mal se concentre, se ordene y se extienda por todo el pais, con tal de que no haga demasiado ruido.

Con información: REFORMA/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *