Pemex la petrolera mas endeudada del planeta le aplicó a sus envíos de combustibles a Cuba la vieja técnica del enamorado desesperado: te voy a cambiar el nombre. No porque cambie la relación, no porque desaparezca el cargamento, no porque haya una explicación más clara para los mexicanos, sino porque al expediente ya le pesaba demasiado el nombre anterior.
Primero fue Gasolinas Bienestar, una razón social que ya parecía chiste involuntario: bienestar para La Habana, interrogantes para el contribuyente mexicano y explicaciones en oferta para quien quisiera encontrarlas. Luego vino Servicios Logísticos Integrales Mumiya, como si el petróleo estatal hubiera decidido salir disfrazado de producto esotérico. Ahora le toca a Servicios Logísticos y Recursos Estratégicos, una denominación suficientemente larga como para que, entre tanta sílaba, se extravíe la pregunta elemental: ¿por qué Pemex necesita cambiar de máscara cada vez que los envíos a Cuba generan escrutinio?
Porque aquí no cambiaron el fondo: cambiaron la etiqueta del frasco. Los petrolíferos siguen llegando a la isla, mientras el nombre de la empresa se mueve de un registro corporativo a otro con la delicadeza de quien quiere que nadie haga demasiadas preguntas. Pemex reportó exportaciones a Cuba durante el primer semestre de 2026; lo que parece ausente del relato es una explicación política frontal, completa y verificable sobre los criterios, costos, condiciones y conveniencia pública de esas operaciones.
La canción institucional sería más o menos así: te voy a cambiar el nombre, para que no me encuentres en la aduana, en los reportes financieros ni en las preguntas de Washington. Pero Estados Unidos no necesita escuchar serenatas para revisar rutas, manifiestos y movimientos comerciales; y los ciudadanos mexicanos tampoco deberían necesitar un traductor de razones sociales para entender qué hace su petrolera con recursos públicos.
Si los envíos a Cuba son legales, estratégicos y defendibles, que los defiendan con la frente en alto. Que digan cuánto se manda, a qué precio, bajo qué contrato, quién cobra, quién asume el riesgo y por qué conviene a México. Lo demás —la sucesión de nombres, los disfraces mercantiles y el baile administrativo— huele menos a soberanía que a ese recurso burocrático tan conocido: cambiarle el nombre al problema para fingir que ya cambió la realidad.
Mala decisión:
Sheinbaum mete a México en un brete de tres pistas: queda mal con Cuba si recorta el apoyo, queda bajo sospecha en Washington si lo mantiene y queda debiéndole explicaciones a los mexicanos si pretende resolverlo cambiando nombres de empresa. Pemex redujo los envíos reportados a productos refinados y rebautizó dos veces a la intermediaria en pocos meses, mientras la petrolera sigue bajo presión financiera y depende del respaldo público
«Pemex no dejó de enviar: nomás le cambió el nombre, a ver si entre tanto rebautizo también se le olvidaba al país preguntar«
Con información: ELFINANCIERO/
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