A Enedina, de 56 años, la asesinaron de un balazo en la cabeza dentro de una vivienda habilitada como tienda de abarrotes en Escuinapa. Los militares y la Policía Estatal llegaron después, a acordonar el lugar. Fue la séptima mujer asesinada en ese municipio en 26 días de septiembre; en todo Sinaloa,Noroeste contabilizaba 22 mujeres asesinadas en el mes y 109 desde enero. Cada cifra tiene un nombre. Esta, Enedina.

Y mientras las autoridades exhiben el tamaño del operativo, la pregunta elemental sigue sin respuesta: ¿cómo impiden el siguiente asesinato? A mediados de septiembre, el estado de fuerza reportado en Sinaloa era de 17 mil 175 elementos y después se anunciaron más refuerzos federales.

No todo el despliegue esta concentrado en Escuinapa. Pero la precisión no salva a la estrategia de su obligación de explicar por qué tanta presencia armada no se traduce en protección para las mujeres, ni para ningun ciudadano sin distingo de sexo o edad.

Sinaloa ya ocupaba el primer lugar nacional en víctimas de feminicidio registradas entre enero y julio de 2026: 54, el doble que el Estado de México, que sumaba 27. Eso no significa que todos los asesinatos de mujeres hayan sido clasificados legalmente como feminicidios; significa que la entidad encabeza ese indicador mientras siguen apareciendo nuevas víctimas.

Qué formidable destreza para movilizar contingentes y qué miserable incapacidad para mostrar una respuesta que llegue antes que el asesino. Una estrategia que sabe contar efectivos, pero no logra evitar que una mujer sea ejecutada en su lugar de trabajo, no puede pedir aplausos por el despliegue. Debe rendir cuentas por lo que está haciendo —o dejando de hacer— para protegerlas.

Con información: NOROESTE/

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