No: la imagen no es un meme inventado ni una “ocurrencia” de redes. Corresponde —con el habitual maquillaje semántico morenista— a los 17 perfiles que el partido presentó como coordinadores estatales de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional rumbo a las gubernaturas de 2027.

Como ya se sabe, Morena ya puso sobre la mesa a sus 17 cartas para las gubernaturas de 2027. No les llama candidatos —porque la ley y la simulación todavía exigen guardar ciertas formas—, sino “coordinadores estatales de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional”. Traducido del dialecto partidista al español: son los perfiles encaminados a disputar las 17 gubernaturas que se renovarán el 6 de junio de 2027.

La imagen que circula en redes, por tanto, no es falsa en lo esencial. La lista coincide con los nombres que Morena ha venido designando: Nora Ruvalcaba en Aguascalientes; Julieta Ramírez en Baja California; Manuel Cota en Baja California Sur; Pablo Gutiérrez Lazarus en Campeche; Cruz Pérez Cuéllar en Chihuahua; Rosa María “Rosy” Bayardo en Colima; Beatriz Mojica en Guerrero; Carlos Torres Piña en Michoacán; Jasmín Bugarín en Nayarit; Clara Luz Flores en Nuevo León; Santiago Nieto en Querétaro; Eugenio “Gino” Segura en Quintana Roo; Eli César Cervantes en San Luis Potosí; Imelda Castro en Sinaloa; Lorenia Valles en Sonora; Ana Lilia Rivera en Tlaxcala y Verónica Díaz en Zacatecas.

La precisión importante es ésta: no han sido registrados como candidatos constitucionales. Morena adelantó sus piezas internas, no la boleta oficial. Las campañas para gubernaturas comenzarán hasta marzo y abril de 2027, según la entidad, y todas concluirán el 2 de junio, antes de la jornada electoral del 6 de junio.

Pero el dato que la propaganda intenta disolver entre consignas es mucho más revelador: varios de esos perfiles no provienen de Morena. Llegaron desde PAN, PRI, PRD, Partido Verde o Movimiento Ciudadano.

En otras palabras, el partido que se vendió como ruptura con “la vieja política” no sólo abre la puerta a sus sobrevivientes: les entrega llaves, micrófonos, presupuestos y, eventualmente, gobiernos estatales.

Pablo Gutiérrez Lazarus, por ejemplo, gobernó Ciudad del Carmen bajo las siglas del PAN antes de reaparecer bajo el paraguas guinda. Nora Ruvalcaba compitió antes por Aguascalientes desde el PRD; Beatriz Mojica tiene trayectoria perredista; Clara Luz Flores fue priista; Santiago Nieto fue diputado del PRD; y otros cuadros enlistados han transitado por partidos que Morena suele colocar en el banquillo retórico de los responsables del desastre nacional.

Así que sí: el cartel tiene un punto incómodo y verificable. No porque los cambios de partido sean, por definición, un delito político —la movilidad partidista existe y debe juzgarse caso por caso—, sino porque Morena construyó su identidad precisamente sobre la denuncia de esas prácticas: el chapulineo, las cuotas, el oportunismo electoral, la subordinación de principios a candidaturas y el uso de siglas como franquicias de poder.

El truco del nombre

Morena no suele decir “reclutamos ex panistas, ex priistas y ex perredistas”. Prefiere la fórmula litúrgica: sumar perfiles, abrir el movimiento, construir unidad, poner por delante la transformación. En ese lenguaje, un cambio de camiseta no es oportunismo: es conversión ideológica. Una candidatura adelantada no es precampaña: es coordinación. Un reparto territorial no es reparto: es encuesta. Y la vieja clase política deja de ser vieja en el instante exacto en que se toma la foto con el color correcto.

El problema no es que un partido integre personas con trayectorias diversas. El problema comienza cuando pretende que la procedencia no importa, que los antecedentes se borran con una afiliación nueva y que cuestionar esos virajes equivale a defender al régimen anterior. No. Preguntar quién fue quién, a qué intereses sirvió, qué decisiones tomó y qué red de poder arrastra no es nostalgia por el pasado: es higiene democrática.

Morena disputa 17 gubernaturas en 2027 y actualmente gobierna 12 de esas entidades. Eso le da una ventaja territorial considerable, pero también le impone una carga mayor: no podrá venderse sólo como oposición al pasado cuando en buena parte del país ya es gobierno, administra presupuestos, reparte candidaturas y carga con los resultados —buenos, malos o francamente indefendibles— de sus propias administraciones.

Éste no es un asunto de álbum de estampitas partidistas. De esta lista pueden salir quienes administren policías estatales, fiscalías de hecho o de derecho, sistemas de salud, obra pública, deuda, educación, nóminas, contratos, relaciones con el crimen organizado y presupuestos multimillonarios.

Por eso la discusión seria no debe agotarse en el logo que llevaban antes ni en el que portan ahora. Cada perfil tendría que responder, con documentos y no con consignas, al menos estas preguntas:

  • ¿Qué cargos tuvo, bajo qué partido y con qué resultados verificables?
  • ¿Qué decisiones públicas tomó y cuáles fueron sus efectos?
  • ¿Qué grupos empresariales, familiares, políticos o territoriales lo acompañan?
  • ¿Qué patrimonio reporta y qué evolución patrimonial puede explicar?
  • ¿Qué denuncias, investigaciones, controversias o señalamientos públicos existen, y cómo los responde?
  • ¿Qué tan autónomo será frente a la dirigencia nacional, al gobernador saliente y a los grupos que financiaron o impulsaron su ascenso?
  • ¿Qué promesas de campaña son medibles y qué mecanismos habrá para exigirles cuentas?

Una democracia no se fortalece cambiando de uniforme; se fortalece cuando el uniforme no sirve de salvoconducto.

La advertencia de fondo

Morena no existe como bloque homogéneo, y quizá nunca existió así. Es una coalición de intereses revestida de movimiento: una mezcla de ex priistas, ex panistas, ex perredistas, verdes pragmáticos, cuadros locales, operadores electorales, activistas genuinos, burócratas, herederos de cacicazgos y oportunistas con olfato para detectar dónde se concentra el poder.

Eso no es una acusación abstracta; está a la vista en su lista para 2027. El partido que hizo de la crítica al PRI, al PAN y al PRD una identidad política hoy recicla buena parte de sus cuadros, métodos, pactos y reflejos. Denuncia el nepotismo mientras administra familias políticas; condena el clientelismo mientras perfecciona estructuras territoriales de dependencia; descalifica el autoritarismo mientras concentra decisiones; presume austeridad mientras normaliza privilegios para los suyos; combate el “PRIAN” mientras incorpora a sus ex militantes como si una transferencia bancaria ideológica bastara para absolverlos.

La pregunta no es si alguien puede cambiar de opinión o abandonar un partido: claro que puede. La pregunta es si Morena puede seguir presentándose como una fuerza moralmente distinta mientras convierte a buena parte de aquello que denunciaba en su cantera de candidatos.

En 2027 no se elegirán sólo gobernadores. Se elegirá si el país acepta que la transformación consiste en cambiarle el nombre al mismo mecanismo: las mismas élites rotando de sigla, los mismos operadores aprendiendo un nuevo eslogan y la misma política de siempre, ahora pintada de guinda.

Con información: @Redes/

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