A Brenda Valenzuela Gil no le hablen de un país feliz, humanista o transformador: su vida quedó suspendida el 5 de octubre de 2025, cuando su hijo Carlos Emilio desapareció en el restaurante Terraza Valentinos, en Mazatlán. Cumplió 21 años sin volver a casa. Desde entonces, ella carga con el miedo, la búsqueda y una pregunta que ninguna autoridad debería dejar pudrirse: ¿dónde está mi hijo?

En Tragaluz, con Fernando del Collado, en Latinus, Brenda reclama algo más elemental que un discurso: que lo busquen. Según su testimonio, las grabaciones del establecimiento no habían sido revisadas en su totalidad, la evidencia no se preservó y la última ubicación del celular no había producido avances. Para una madre, cada demora no es un trámite: es otro día imaginando el terror que podría estar viviendo su hijo.

Sus reproches tienen destinatarios.A Claudia Sheinbaum le envió una carta. Ni el gobernador Rubén Rocha Moya ni la fiscal Claudia Sánchez le resolvieron, y Brenda lo resume sin maquillaje: “Indolencia. Frialdad”. Qué cómodo resulta hablar de bienestar cuando el dolor ajeno se queda esperando afuera.

La falta de resultados también la lleva a preguntarse si alguien está siendo protegido. Señala la responsabilidad que, a su juicio, corresponde a Ricardo Velarde Cárdenas, a quien identifica como socio del establecimiento y secretario de Economía de Sinaloa cuando ocurrió la desaparición. No presenta la colusión como un hecho probado: exige claridad sobre un silencio que alimenta sus sospechas. Porque donde la autoridad no explica, la desconfianza crece.

Y todavía tiene que soportar intimidaciones y extorsiones. Sí, teme que la maten. Pero deja una petición que debería avergonzarnos: si eso ocurre, que su hijo sepa que su madre y su familia no dejaron de buscarlo un solo segundo.

Brenda no pide privilegios ni una fotografía con el poder. Pide que el gobierno use los recursos, la tecnología y el personal que tiene para devolverle a Carlos Emilio. Se niega a convertir su ausencia en costumbre y su dolor en una cifra.

“No me voy a callar. No me voy a rendir”, advierte. Su reproche es también una súplica: que la vida de su hijo importe más que los intereses de cualquiera. Porque ninguna madre debería tener que implorar que una autoridad haga su trabajo.

Con información: TRAGALUZ/LATINUS

Deja un comentario:

Descubre más desde ValorTamaulipeco

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo