Veinte mil militares desplegados en tareas de seguridad en Sinaloa y una explicación que cabe en un encogimiento de hombros: siguen los homicidios porque “la complejidad es mayor”. Eso respondió la gobernadora interina Graciela Domínguez Nava al ser cuestionada por los asesinatos que continúan pese al despliegue. Qué cómoda resulta la complejidad cuando sirve para explicar el fracaso, pero no para exigir que cambie la estrategia.

El balance del mas reciente parte de la inatajable guerra de bandos de la misma banda ,del 9 de septiembre de 2024 al 5 de noviembre de 2026, presenta una cuenta brutal: 4,158 homicidios dolosos, 4,640 personas privadas de la libertad, 12,865 vehículos robados y 220 personas abatidas. También registra 4,072 detenidos. Son las cifras del recuento difundido, atribuido a datos de la FGE, la SSP y registros periodísticos; no una ocurrencia para incomodar al poder.

Frente a ese saldo, presumir el tamaño del despliegue no responde la pregunta: ¿qué está consiguiendo? Veinte mil elementos son una medida de presencia, no un certificado de eficacia. Una detención tampoco demuestra, por sí sola, que se haya desarticulado una estructura criminal. La pregunta incómoda no es cuántos uniformados aparecen en la fotografía, sino cuánta seguridad produce la estrategia.

La gobernadora habla de una “tarea titánica” y recuerda que los integrantes de las Fuerzas Armadas también mueren en estas labores. Ese riesgo merece respeto, no convertirse en escudo discursivo de quienes toman las decisiones. Reconocer el sacrificio de los desplegados no obliga a aplaudir la conducción política del operativo. Al contrario: obliga a preguntar si reciben una estrategia a la altura del peligro que enfrentan.

Porque ahí está el asunto: a problemas complejos se les deben oponer acciones complejas, articuladas y evaluables. Inteligencia que se traduzca en operaciones; investigaciones que lleguen a responsables; detenciones que se sostengan ante jueces; persecución del dinero y protección efectiva de la población. No basta con sumar botas y esperar que la aritmética haga el trabajo de la estrategia.

Pero la explicación oficial todavía reserva espacio para “recomponer” la percepción sobre Sinaloa, destacar su riqueza cultural y natural y convocar a la sociedad a contribuir a la tranquilidad emocional de las familias. Todo eso puede tener su lugar. Lo que no puede hacer es sustituir la respuesta a los asesinatos. La cultura no es chaleco antibalas y la buena percepción no es una patrulla que llegue a tiempo.

Pedir participación ciudadana es válido. Repartir entre todos la responsabilidad hasta volverla irreconocible, no. La sociedad puede colaborar; no tiene por qué cargar con la obligación de volver convincente un balance que el gobierno debe explicar y corregir.

La complejidad debe ser el punto de partida del trabajo público, no el punto final de la rendición de cuentas. Nadie necesita que el gobierno descubra, después de contar los muertos, que gobernar Sinaloa es difícil. Necesita que demuestre para qué sirve su estrategia.

Menos épica del esfuerzo y más evidencia del resultado. Porque un parte de guerra no se vuelve parte de victoria nomás porque lo lean con voz solemne.

Con informacion: NOROESTE/

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