La estrategia de seguridad no falló en un informe, en una conferencia ni en una estadística: falló en el cuerpo de Juan Alejandro, un bebé de un año y cuatro meses que debió estar aprendiendo palabras, ensuciándose las manos y descubriendo el mundo, no convirtiéndose en una víctima más de la violencia en Culiacán.

Qué obscena debe ser una estrategia de seguridad cuando presume operativos, patrullajes, decomisos, capturas y discursos de “vamos avanzando”, pero no alcanza para proteger la vida de un bebé.

Juan Alejandro tenía un año y cuatro meses. No era un daño colateral, ni una cifra para el siguiente reporte de incidencia delictiva, ni un nombre que deba perderse entre los casquillos asegurados después de una balacera. Era un niño. Uno con toda una vida por delante, una vida que la violencia le arrancó antes de que pudiera siquiera entender por qué los adultos decidieron normalizar el terror.

Y mientras las autoridades investigan —como siempre investigan cuando ya no hay nada que salvar—, una madre marcha con el dolor que nadie debería conocer. No sólo tuvo que despedir a su hijo: tuvo que salir a pedir respeto ante las versiones y señalamientos que, en lugar de acompañar su duelo, pretenden ensuciarlo. Como si perder a un bebé no fuera suficiente condena; como si a las víctimas todavía hubiera que ponerlas a rendir cuentas.

La madre de Juan Alejandro dijo que ese dolor no se lo desea ni a su peor enemigo. Esa frase debería retumbar en cada oficina pública donde se diseñan estrategias que no han logrado garantizar lo más elemental: que un bebé pueda vivir.

“Una muerte es una tragedia; millones de muertes son una estadística”….Iósif Stalin

Pero hoy esta frase necesita una corrección brutal: una muerte debería seguir siendo una tragedia, incluso cuando las autoridades quieran esconderla entre miles de expedientes, porcentajes y conferencias de prensa mañaneras.

Juan Alejandro no fue una cifra más en la estadística criminal de Sinaloa. Fue la tragedia completa de una familia: una cuna vacía, una madre caminando con dolor, un futuro cancelado por balas que ninguna estrategia pudo detener. Y cuando las muertes se acumulan hasta parecer paisaje, el problema no es que dejen de ser tragedias; el problema es que el poder aprende a contarlas sin sentirlas.

Porque no hay política de seguridad que merezca llamarse exitosa si una familia tiene que pagar parte del funeral de su hijo después de una agresión armada. No hay “contención” que alcance cuando las balas llegan primero que el Estado. Y no hay discurso oficial capaz de reparar la ausencia de un niño cuya única obligación era crecer.

Sinaloa no necesita que le administren la tragedia ni que le maquillen las cifras. Necesita una estrategia que deje de llegar tarde, cuando ya hay madres caminando con fotografías, familias endeudadas por sepultar a los suyos y bebés convertidos en evidencia de una guerra que el poder dice combatir, pero que sigue cobrando vidas inocentes.

Juan Alejandro no debió morir. Y que nadie se atreva a reducirlo a una estadística: fue un bebé al que le falló un Estado obligado a protegerlo.

Con información: NOROESTE/

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