La presidenta de Morena impuesta por Andres Manuel Lopez Obrador,Ariadna Montiel ,respondió a los señalamientos de representante del Partido Acción Nacional (PAN), Jorge Romero, en el sentido de que el partido junto con el gobierno federal «está preparando las condiciones políticas, jurídicas y mediáticas para que el narcogobernador Rubén Rocha Moya regrese a su cargo en Sinaloa«.

A través de redes sociales, Montiel acusó a la oposición de recurrir a la desinformación como estrategia política para desviar la atención de su propio historial.

Pero lo que es un hecho,es que en este ring de la política mexicana todos juran combatir a las mafias mientras afinan sus propios códigos de silencio, Morena y el PAN protagonizan otro episodio digno de serie criminal. Ariadna Montiel acusa al “PRIAN” de actuar como mafia; el PAN responde indignado, como si en este negocio alguien todavía pudiera presumir manos limpias sin provocar risa nerviosa.

Morena se asume —y actúa— como una suerte de Mafia Italiana,una Cosa Nostra tropicalizada: estructura cerrada, lealtades férreas, disciplina interna y una narrativa de causa superior que justifica todo hacia adentro. Como en la mafia clásica, el mensaje es claro: la familia primero, las decisiones no se cuestionan en público y las grietas se sellan desde dentro. La diferencia es que aquí no se esconden en las sombras, sino que gobiernan desde el poder formal.

El PAN, por su parte, se parece más a un viejo consorcio empresarial con prácticas de clan: apellidos que pesan, redes que se reciclan y una institucionalidad que funciona como fachada respetable. Si Morena es la Cosa Nostra que opera bajo lógica de lealtad y control interno, el PAN es ese holding de élite que defiende su territorio con discurso legalista mientras protege a los suyos como si fueran accionistas vitalicios.

El choque no es ideológico, es territorial. Lo que se disputa no es la verdad, sino quién logra imponer la etiqueta de “mafia” sin que el espejo le devuelva la imagen. En ese juego, la acusación deja de ser denuncia y se vuelve estrategia: señalar al otro para desviar la mirada propia.

Y así, entre declaraciones y desmentidos, el espectáculo termina siendo el de dos estructuras que se acusan de operar como mafia mientras perfeccionan, cada una a su estilo, sus propias reglas de pertenencia, silencio y poder.

Con información: ELUNIVERSAL/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *