“A la sierra ni se acerquen, estamos llenos de gente armada y es peligroso porque la lucha continúa en los pueblos de abajo”. No es una escena de serie ni una leyenda serrana: es el mensaje de un hombre de los altos de Concordia a sus familiares desplazados en Mazatlán. Una advertencia brutal, directa y sin el maquillaje institucional de siempre: en el sur de Sinaloa la guerra no terminó, sólo se movió de domicilio.
Mazatlán, la autoproclamada Perla del Pacífico, presume malecón, atardeceres, condominios, turistas y jubilados extranjeros. Pero detrás de la postal hay otra ciudad: una donde se acumulan homicidios, ataques con drones, desapariciones, desplazamientos y pueblos enteros vaciados por el terror. La violencia que durante meses tuvo a Culiacán como epicentro se ha cargado con fuerza hacia Mazatlán, Concordia, San Ignacio, Escuinapa y Rosario. No es una percepción aislada: medios locales han documentado el aumento de homicidios y hechos armados en Mazatlán mientras el sur permanece bajo presión criminal.
Sólo durante la primera semana de agosto se reportaron oficialmente 32 hechos violentos en el sur sinaloense: 14 personas asesinadas —casi todos hombres— y ocho heridas. Entre estas últimas, tres agentes de la Policía Estatal atacados con drones en el libramiento Mazatlán–Culiacán, a la altura de El Chilillo. Drones: esos artefactos que deberían servir para tomar imágenes bonitas de la playa ahora lanzan explosivos sobre policías, viviendas y pueblos.
Y eso es apenas lo que entra a las estadísticas: lo que llega a la prensa, a la Fiscalía, a los comunicados de Marina, Ejército o autoridades estatales. Lo demás queda enterrado en el miedo, en chats de WhatsApp, en pueblos incomunicados y en familias que prefieren callar porque saben que aquí hasta una frase mal dicha puede ser sentencia.
El terror cambió de ruta
“Desde que detuvieron al Texas está más tranquilo”, dice Teresa Navia, periodista especializada en nota roja, al hablar de Culiacán. “Hay días que no tengo que salir a cubrir hechos, y eso no pasaba”. Es decir: la reducción de la violencia en la capital no parece una victoria definitiva del Estado, sino una reubicación del conflicto.
El 8 de julio, el Gabinete de Seguridad anunció la muerte de Cristhian Guadalupe Pérez Pérez, El Texas o El 01, identificado como jefe de plaza de Los Chapitos en Culiacán. El operativo fue extraño: Ejército y Policía Estatal cercaron las torres Paralela, en la colonia Humaya; primero se habló de detenidos y luego de un muerto. Las imágenes circularon por WhatsApp y Telegram: no había balacera, heridas visibles ni sangre; sólo un hombre tendido dentro de un departamento.
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— Valor Tamaulipeco (@VaxTamaulipas) August 8, 2026
LOS “GRÁFICOS GRITAN”: INDICADORES TERCOS del LEVANTÓN, EJECUCIÓN y DESPOJO siguen con PICOS SEVEROS en SINALOA… saldo del picudeo entre bandos de la misma banda. https://t.co/1JTzKbBK3E
Al día siguiente, el secretario de Seguridad Pública estatal, el general Sinuhé Téllez López, soltó una frase que sus antecesores habían evitado: “Esperamos que bajen los homicidios con este evento”. El Gabinete de Seguridad atribuía a El Texas un papel central en la operación violenta de Los Chapitos en Culiacán, donde se mantiene la disputa contra La Mayiza.
Culiacán concentró ocho de cada diez asesinatos y desapariciones en Sinaloa durante los últimos dos años. En 2025, el INEGI contabilizó 1,805 homicidios dolosos en el Estado, hasta 150 más de los registrados por la Fiscalía sinaloense. Mientras el país reportaba una disminución de 18 por ciento, Sinaloa aumentó 75 por ciento respecto al año previo. Una diferencia entre el conteo oficial local y el nacional que deja una pregunta incómoda: ¿cuántos muertos caben en una estadística antes de que al gobierno le dé pena?
La capital sigue dejando escenas atroces. César Gastélum, influencer, fue asesinado mientras transmitía en vivo afuera de un restaurante de comida rápida, a apenas 200 metros de la Fiscalía General del Estado. Ese mismo día localizaron cuatro personas asesinadas en Mazatlán, entre ellas un hombre y una mujer hallados por un colectivo de búsqueda. Ambos tenían las manos esposadas; de acuerdo con una buscadora, los cuerpos llevaban al menos una semana abandonados y ya estaban en descomposición.
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— Valor Tamaulipeco (@VaxTamaulipas) August 5, 2026
«¿QUE… VAN A MANDAR OTROS 14 MIL SOLDADOS ?: CÁRTEL EJECUTA INFLUENCER en TRANSMISIÓN en VIVO en CULIACÁN»… si hasta parece que «La Mayiza» trae permiso. https://t.co/vEubsex3cu
Los “volteados” y los pueblos fantasma
No existe un informe oficial serio y completo que explique qué está pasando en Sinaloa casi dos años después del inicio de la confrontación. Así que la geografía de la guerra se reconstruye con testimonios de víctimas, desplazados y habitantes: quienes no salen en los discursos de seguridad, pero sí viven entre drones, retenes ilegales y casas tomadas.
Antes de que asesinaran a El Texas, Tepuche, al norte de Culiacán, ya padecía desplazamientos. Desde febrero, el pueblo sufrió ataques con drones que arrojaban bombas sobre viviendas y sus habitantes. Un joven desplazado recuerda que incluso atacaron una gasolinera y que un día lanzaron una cabeza a la plazuela mediante un dron. Los agresores buscaban a quienes consideraban afines a Los Chapitos; por eso, dice, “todos ya mejor se voltearon”.
En el lenguaje de quienes viven atrapados en la disputa, “voltearse” significa cambiar de bando. No necesariamente por convicción ni por una nueva lealtad criminal, sino por supervivencia. En Sinaloa, la neutralidad se ha vuelto un privilegio que muchas comunidades ya no pueden permitirse.
San Ignacio vivió su propio infierno durante más de un año: ataques con drones, quema de casas, despojos de tierra, balaceras y desapariciones. La Caña, Contra Estaca, Pueblo Viejo, Las Azoteas, Casa de Tejas, El Candelero, Rincón del Guayabito, La Lechuguilla, Las Sabilas, Los Brasiles, Tenchoquelite, Tepehuajes, Los Plátanos, Las Mulas, Las Lajas, El Cantón, Tolosa, El Chaco, Vado Hondo, San Juan, Los Humayes, Tacuitapa y El Capule son, en los hechos, pueblos fantasma.
Ahora los reportes de violencia han disminuido, pero los hombres armados siguen paseándose por ahí: unos en cuatrimotos, otros en camionetas 4×4. Los pobladores lo explican con una frase seca: “Se voltearon a la Mayiza”. Incluso mencionan a René Bastidas, El 00, como supuesto líder que habría llegado a un acuerdo. “El René fue el que se volteó; es el que tenía toda la violencia aquí. Ahora todos son de los mismos”, relatan. Es la paz de los sometidos: menos balas, pero el mismo control armado.
Concordia y Escuinapa: la sierra bajo vigilancia
En Concordia la violencia aumentó tras la detención de Gabriel Nicolás Martínez Larios, El Gabito, señalado por las autoridades como responsable de altos niveles de violencia en Escuinapa, Rosario, Concordia y Mazatlán, en favor de operaciones de Los Chapitos. Se le vincula con desapariciones, fosas clandestinas, bloqueos, asesinatos, desplazamientos forzados, control ilegal de minas y trasiego de drogas.
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"MUERTE y MORENA es lo MISMO ?: ESPECTACULAR se QUEDA CORTO bajo ESTRATEGIA CUENTAMUERTOS que NO CAPTURA MATONES"… las cifras de impunidad son más espectaculares.https://t.co/5ahnfGxfx8 pic.twitter.com/6HiZZekfl4
A El Gabito y a su hermano, Óscar Luciano Martínez Larios, El Casco, se les ha relacionado con la desaparición y asesinato de diez trabajadores mineros de la empresa Vizsla Silver. Los empleados fueron privados de la libertad el 23 de febrero en La Clementina, complejo residencial donde la compañía canadiense tenía un campamento. Tras la detención de El Gabito el 2 de junio, los pueblos de Concordia quedaron todavía más expuestos.
Habitantes de Potrerillos, Chirimoyos, El Palmito, La Guayabera y Pánuco denuncian que hombres armados se instalaron en cuatro comunidades y ocuparon casas deshabitadas, incluidas algunas de las mejores. “Estamos literalmente vigilados”, dicen. Los pistoleros antes se ocultaban; ahora se mueven tranquilos. La pregunta inevitable es si esa tranquilidad proviene de un supuesto acuerdo criminal, de la ausencia de autoridad o de ambas cosas.
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En Escuinapa hay una especie de impasse desde la captura, el 25 de junio, de Misael Guerrero Pérez, El Güero Pin, presunto jefe de plaza de Los Chapitos en el sur de Sinaloa. Fue detenido junto con Hilario Javier Martínez Gómez, exdirector de la Policía Municipal que entonces trabajaba como su escolta. El dato no es menor: en un Estado desfondado por la violencia, las fronteras entre instituciones y crimen suelen ser demasiado porosas.
Escuinapa ya era foco rojo por ataques con drones y desplazamientos en Isla del Bosque, El Palmito, Tecualilla y El Camarón. Luego las agresiones llegaron a la cabecera municipal. De octubre de 2025 a junio de 2026 hubo ataques con drones contra instalaciones de la Policía Municipal y hasta contra el campamento del Ejército en el gimnasio municipal. El hoyo dejado por un ataque del 9 de febrero sigue sin repararse en el techo: una metáfora bastante literal del Estado mexicano.
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LA «MAYIZA SI CUMPLE»: del GORDO PERUCI a GASTÉLUM todo EMPEZÓ en NARCO COMUNICADOS desde AVIONETA y YA TERMINÓ con LISTADO NECROLÓGICO»…matar es de bajo riesgo,posibilidad de ser detenidos es poco probable, remota o nula.… pic.twitter.com/FPzlDjiWw8
Tras la caída de El Güero Pin, siguen ocurriendo asesinatos, aunque habitantes los describen como “puntuales”. También señalan que hombres armados permanecen en Tecualilla, vigilando y esperando una eventual retirada del Ejército. La población cree que el grupo dominante está debilitado y que las detenciones de integrantes de Los Cabrera —grupo que habría ingresado desde Durango— han contenido su avance. “Mientras estén los del Ejército, no entran”, resume un poblador. Hay retenes en entradas y salidas, patrullajes por la cabecera, zonas pesqueras y huertos de mango; presencia militar, sí, pero no certeza de seguridad.
Mazatlán: blindar la postal, abandonar la periferia
Para el Estado y la Federación, Mazatlán es un caso aparte. No sólo por sus habitantes: por el dinero. Es el principal destino turístico de Sinaloa y el segundo del noroeste mexicano. Desde 2017 vive un boom inmobiliario: torres sobre el malecón, fraccionamientos hacia el norte, capital inmobiliario, turistas nacionales y retirados de Canadá y Estados Unidos que compran la promesa de vivir junto al mar.
Eso es lo que se protege.
Más de 6,000 elementos del Ejército, Guardia Nacional, Marina y Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana fueron desplegados alrededor de la zona turística. Hay militares caminando por el malecón, camionetas apostadas en la Zona Dorada y puestos de control en puntos como Cerritos. Una escenografía de seguridad para que el visitante siga tomándose la foto sin que el paisaje incluya demasiado la realidad.
Pero la estrategia funciona a medias: durante el último mes, cuatro personas fueron asesinadas en la propia zona turística, entre bañistas, centros nocturnos, restaurantes, Centro Histórico y atardeceres de postal. La violencia también ha alcanzado áreas cercanas al circuito turístico, incluso durante operativos vacacionales reforzados.
Y fuera de ese perímetro, donde termina la ciudad que se vende y empieza la ciudad que la sostiene, están las colonias populares. Ahí viven quienes trabajan en hoteles, restaurantes, bares, torres de departamentos y centros nocturnos. Ahí no hay “Perla del Pacífico”: hay muertos.
Mazatlán recibe el uniforme, la patrulla y la propaganda; la periferia recibe los cuerpos, las desapariciones y el silencio. El sur de Sinaloa no está en paz. Está reacomodándose bajo las reglas de quienes tienen armas, mientras las autoridades parecen más ocupadas en proteger la postal turística que a la gente que vive detrás de ella.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/MARCOS VIZCARRA
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