Al terminar una canción, alguien desde el público le pasó un papel doblado a la mitad. Nada extraordinario: en los conciertos de Chalino Sánchez aquello era parte del show. Le gustaba que la raza se subiera al escenario, se tomara fotos con él, le pidiera rolas. No iba de estrella intocable; era, más bien, la antiestrella de los corridos: un ranchero entre compas, con sombrero, micrófono y la cercanía de quien parecía estar cantando en una peda grande.
Pero aquella noche el papel no era una petición.
Mientras el acordeón soltaba los primeros compases, Chalino lo desdobló sin quitarse el micrófono de la mano. Leyó. Fueron apenas segundos, pero suficientes para que algo se le quebrara en la cara. Alzó la vista con una mueca nerviosa, se limpió el sudor que le escurría bajo el sombrero beige de ala ancha y se quedó mirando a ninguna parte, como si intentara traducir un mensaje escrito en idioma de muerte. Dobló otra vez el papel, hizo una leve señal de cabeza hacia alguien a su izquierda y siguió cantando, como si nada: “Tengo el alma enamorada nada más de pensar, corazón…”.
Al día siguiente apareció tirado en un riachuelo: ojos vendados, manos atadas a la espalda, dos balazos en la nuca. El contenido de aquella nota nunca se reveló oficialmente y el asesinato sigue sin resolverse.
La vuelta a Sinaloa
La noche del 15 de mayo de 1992, más de 2,000 paisanos llenaron el Salón Buganvillas de Culiacán. Chalino tenía 31 años y regresaba a la ciudad de la que había salido huyendo casi dos décadas antes, rumbo a California. En menos de cuatro años de carrera se había vuelto héroe de millones de mexicanos a ambos lados de la frontera: sin educación musical, con pocos años de escuela y una voz chirriante, áspera y desafinada, había hecho suyo un género que hasta entonces narraba revoluciones, bandidos y gestas norteñas donde el cañón de una pistola resolvía la discusión.
Chalino tomó ese imaginario y lo aterrizó en la ciudad, en la frontera y en el barrio. Sus personajes ya no eran sólo revolucionarios con bigote y canana: eran migrantes enfrentándose a los abusos de la policía de Los Ángeles; campesinos que comenzaban moviendo marihuana y acababan convertidos en emperadores de la droga. Sinaloense, como tantos capos de su tiempo, fue precursor de los narcocorridos que hoy tienen alcance mundial. El Compa Chalino era el rey del corrido, aunque el puesto venía con la factura habitual: enemigos acumulados y cuentas que alguien quería cobrar.
Una vida escrita a balazos
Rosalino Sánchez Félix cargaba una historia que parecía salida de uno de sus propios versos. Según las versiones difundidas sobre su vida, a los 11 años unos vecinos de su pueblo violaron a su única hermana. Todos sabían quiénes eran, pero nadie hizo justicia. Chalino esperó. A los 15 años acudió a una fiesta donde estaban los señalados y les disparó; después huyó como mojado hacia Estados Unidos, hasta llegar a casa de una tía en Los Ángeles.
Allá trabajó en el campo y limpiando granjas de animales. También ayudó a su hermano mayor, dedicado a pasar migrantes desde Tijuana. Hasta que una noche a ese hermano lo mataron a balazos mientras dormía en un motel. Chalino terminó en prisión y fue allí donde empezó a convertir las biografías de ladrones y traficantes con quienes compartía celda en canciones. Un primo, igualmente encerrado, lo acompañaba con guitarra: la cárcel como estudio de grabación, el expediente criminal como libreto.
Cuando salió, siguió componiendo, muchas veces por encargo. A veces no cobraba en efectivo: aceptaba un reloj o una pistola. Ya entonces acostumbraba llevar un revólver cargado en la cintura. Era de pocas palabras, duro, orgulloso, independiente: el arquetipo del mexicano de rancho que, en la postal más bravucona de la cultura popular, desprecia incluso a la muerte. Sus corridos hablaban del migrante, del apestado, del nadie; a veces relataban asesinatos y se colocaban del lado de la víctima, insultando y amenazando al culpable. Como las radios no los querían y no tenía industria respaldándolo, los grababa en casetes y los vendía donde podía: peluquerías, gasolineras y mercados ambulantes.
Coachella, el aviso
Su fama de pendenciero no era puro marketing. En enero de 1992, apenas meses antes de morir, actuaba en el desierto de Coachella, California. En medio del concierto, un hombre subió al escenario y abrió fuego con un arma calibre .25. Chalino saltó a la pista y respondió con su propia pistola. El saldo: un muerto, alrededor de diez heridos y Chalino con una bala en un pulmón. El episodio llegó a periódicos y noticieros; su reputación creció como crecen las leyendas peligrosas: a golpes de titulares, sangre y casetes agotados.
Después hizo dos cosas que, vistas en retrospectiva, encendieron las alarmas. Regaló su colección de armas entre sus amigos y vendió todos los derechos de su catálogo a una pequeña disquera por unos 100,000 dólares. Con ese dinero compró una casa en un suburbio de clase media para su esposa y su hijo. Muchos interpretaron que ya sabía lo que venía: el hombre que había vivido armado estaba empezando a repartir sus despedidas.
El último viaje
Entonces llegó la oferta para tocar en el Salón Buganvillas. Su familia y sus amigos intentaron disuadirlo: había amenazas, Sinaloa era peligroso y él no volvía desde que huyó. Aquello ya no era casa; era territorio hostil con memoria larga. Pero sus paisanos querían verlo, habían pagado unos 20,000 dólares y él ya había recibido la mitad por adelantado. Chalino, hombre de palabra, consideró que tenía que cumplir.
El concierto fue un éxito. Después salió en coche con dos de sus hermanos y un primo para cenar. Antes de llegar al restaurante, dos furgonetas les cerraron el paso. Bajaron varios hombres armados, se identificaron como policías estatales y le soltaron la frase que nadie quiere escuchar de noche en Culiacán: “Mi comandante necesita tu ayuda”.
Chalino, acostumbrado a que los problemas a veces se intentaran resolver con dinero, ofreció un soborno. No lo aceptaron. Sacaron del vehículo a uno de sus hermanos y lo metieron en una furgoneta. Chalino negoció: en lugar de llevárselo a él, se lo llevaron a él mismo.
La investigación se volvió lo que demasiadas investigaciones se vuelven en México: un agujero negro. No hay responsables establecidos ni una explicación definitiva. Pero su muerte produjo más de 100 corridos en los meses siguientes, más que los dedicados a Pancho Villa. Y, como ocurre con Elvis o Michael Jackson, también nació la leyenda de que Chalino no murió, sino que fingió su muerte para escapar de sus enemigos.
En el panteón de su pueblo, un mural lo conserva con sombrero, camisa abierta y botas de cowboy. En una mano lleva el micrófono; en la otra, una pistola. La frase remata el retrato con la fanfarronería que le correspondía a un hombre convertido en mito: “Nunca tuve miedo”.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/DAVID MARCIAL PEREZ/
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