La “cero tolerancia” de la UAT que presume Damaso Anaya,rector de la Universidad Autónoma de Tamaulipas,por obra y gracia del primo multiacusado en EE.UU, llegó como suelen llegar los comunicados oficiales: tarde, perfumada de burocracia y cuando el daño ya estaba hecho. Ángel Tadeo Ortiz, estudiante de 18 años, no salió de una bienvenida universitaria: salió de una presunta sesión de humillación colectiva rumbo al hospital, con convulsiones, terapia intensiva y el sueño de estudiar Veterinaria hecho pedazos.

La novatada que nadie vio

La Universidad Autónoma de Tamaulipas pretende encerrar el caso en el cajón de la “novatada”, esa palabra que durante décadas ha servido para maquillar abusos, violencia y cobardía grupal como si fueran rituales estudiantiles.

Pero el relato de Ángel Tadeo no describe una travesura con harina y espuma. Describe a decenas de alumnos de nuevo ingreso sometidos —presuntamente— a insultos, golpes, amenazas, sustancias degradantes y la obligación de consumir chile habanero hasta que el joven colapsó. Según su testimonio, hubo alrededor de 70 víctimas directas y cerca de 500 espectadores, además de maestros y trabajadores de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia.

Y entonces aparece la pregunta incómoda, la que ningún boletín puede bañar con “debida diligencia”: ¿cómo una agresión visible para cientos de personas termina presentada como si hubiera sido una reunión espontánea de cuatro irresponsables escondidos detrás de un corral?

No fue clandestina si había centenas mirando. No fue ajena a la institución si ocurrió en el entorno universitario, durante una actividad asociada a la vida escolar y, según capturas atribuidas a grupos de docentes, con suspensión de clases por la propia novatada.

El protocolo: primero el daño, luego el boletín

Cuando Tadeo comenzó a deteriorarse, su versión indica que alguien propuso llamar al 911, pero otras personas habrían pedido que no lo hicieran para evitarse problemas. Después, no habría sido llevado inicialmente en ambulancia, sino en una camioneta particular. El joven llegó al IMSS de La Loma y, de acuerdo con su familia, pasó más de 12 horas en terapia intensiva tras convulsiones prolongadas y afectaciones musculares que comprometieron su función renal.

Ahí está el verdadero tamaño del caso: no sólo quién lanzó huevos, golpeó con ramas, obligó a ladrar o repartió chile habanero. También quién miró, quién permitió, quién sabía, quién suspendió actividades y quién creyó que salvar el pellejo institucional era más urgente que pedir auxilio para un muchacho convulsionando.

La UAT ofrece “cero tolerancia”. Qué alivio: el idioma de las crisis ya fue activado. “Investigación”, “acompañamiento”, “medidas cautelares”, “sanciones firmes”, “coordinación con autoridades”. Palabras de alto rendimiento para conferencia de prensa, aunque todavía no equivalen a una sola responsabilidad probada ni a un solo responsable expuesto públicamente. La vara no es cuántas veces el rector repite que está indignado; la vara es cuántos terminan respondiendo, dentro y fuera de la universidad.

El rector y la conveniente distancia

Dámaso Anaya Alvarado, rector y primo del gobernador Américo Villarreal, encabeza una universidad que ahora quiere vender la versión de un hecho “aislado”, protagonizado entre particulares y al margen de la institución. Esa coartada tiene una grieta elemental: las prácticas de abuso colectivo no nacen por generación espontánea ni se sostienen sin normalización, silencio o tolerancia de quienes administran los espacios donde ocurren.

La autonomía universitaria no convierte a la UAT en una república aparte, ni autoriza que la violencia se resuelva entre oficios, consejos técnicos y frases cuidadosamente redactadas. Mucho menos cuando la víctima termina hospitalizada y su familia contempla sacarlo de la carrera por la que hizo sacrificios económicos desde un ejido de San Luis Potosí.

El antecedente político del rector tampoco obliga a prejuzgar este expediente, pero sí vuelve indispensable una investigación verificable y sin simulaciones. La credibilidad no se exige: se construye con evidencias, expedientes accesibles, identificación de omisiones y consecuencias reales. No con el parentesco correcto, la conferencia correcta o la indignación cuidadosamente administrada.

Fiscalía: de “golpe de calor” a investigación

La Fiscalía de Tamaulipas a cargo de otro expresidiario tampoco puede darse el lujo de investigar con los ojos cerrados. El contexto publicado señala que el fiscal Jesús Eduardo Govea inicialmente habría referido el caso como un “golpe de calor”; si esa fue la lectura preliminar, quedó brutalmente rebasada por el testimonio, los señalamientos de violencia, la presunta coerción, el posible retraso en solicitar auxilio y la condición médica del estudiante.

Aquí no basta determinar si hubo una mala decisión estudiantil. Se debe esclarecer, con peritajes y testimonios:

  • Quién organizó y convocó la actividad.
  • Qué alumnos participaron directamente en las agresiones.
  • Si maestros, personal administrativo o autoridades conocían el evento.
  • Si hubo consumo de alcohol dentro de instalaciones universitarias.
  • Si se suspendieron clases con motivo de la novatada y quién tomó esa decisión.
  • Quién decidió no pedir ayuda inmediata o desalentó llamar al 911.
  • Si los hechos configuran delitos, además de faltas administrativas.

Porque llamar “novatada” a una presunta agresión que dejó a un joven en terapia intensiva es como llamar “incidente” a un incendio: una manera cómoda de reducir el tamaño de la responsabilidad.

La prueba de la cero tolerancia

La UAT tiene una oportunidad muy sencilla de entender y muy difícil de ejecutar: dejar de proteger el prestigio de la institución para proteger a sus estudiantes. Si todo termina en expulsiones selectivas, disculpas institucionales y un par de sacrificados para la fotografía, la “cero tolerancia” será exactamente eso: cero tolerancia para el escándalo, no para la violencia.

Tadeo llegó a Ciudad Victoria para ser veterinario, no para convertirse en evidencia de que la universidad ve, calla y luego redacta. Si cientos estaban presentes y nadie detuvo aquello, el problema no es una novatada fuera de control: es una estructura que parece haber aprendido a reaccionar sólo cuando la víctima ya está en urgencias.

Con información: Osberto Vera/

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