En la política mexicana, los destapes anticipados suelen ser besos del diablo: parecen muestras de cariño, pero pueden dejar al homenajeado oliendo a azufre. El senador del Partido Verde, Manuel Velasco, aseguró que su organización estaría encantada de postular a Omar García Harfuch, secretario de Seguridad del gobierno de Claudia Sheinbaum, para la Presidencia en 2030. Según él, es tan popular como Pedro Infante. Solo faltó que le pidiera cantar Amorcito corazón mientras le acomodaba la banda presidencial.

Mucho presidenciable, poca pacificación

Aunque antes de medirle a HARFUCH la banda presidencial, habría que medirle la EFICACIA en lo URGENTE: ¿qué tan capaz es el estratega cuya prueba en SINALOA entra en su tercer año sin conseguir que termine la guerra?

Según el balance de Noroeste del 9 de septiembre de 2024 al 4 de octubre de 2026 se acumularon 3,952 homicidios dolosos, 4,433 personas privadas de la libertad y 12,629 vehículos robados, mientras las autoridades reportaron 4,018 personas detenidas. La última semana del corte sumó 38 muertes violentas, 9% más que la anterior. Mucha captura para la vitrina, pero demasiadas víctimas fuera de ella.

Así que menos serenata del VERDE y más examen de resultados. Ser popular como Pedro Infante no vuelve eficaz a un secretario de Seguridad: los aplausos no son chalecos antibalas y las lisonjas no detienen una guerra.

Si quieren venderlo como el hombre que puede con México, primero tendrán que explicar por qué todavía no consigue, junto con las demás autoridades responsables, contener la violencia en SINALOA. Porque una cosa es encabezar las encuestas y otra lograr que los ciudadanos dejen de encabezar las esquelas.

«Quien no puede lo menos, no puede lo más» expresa una duda sobre la capacidad: si alguien no logra resolver un desafío de menor alcance, ¿qué razones hay para confiarle uno mayor? Es la formulación negativa del refrán «Quien puede lo más puede lo menos», que relaciona la capacidad para hacer lo difícil con la de hacer lo más fácil.

Aunque el piropo suena festivo, pero en política no todo ramo de flores llega libre de alacranes. Hay elogios que celebran y otros que comprometen. Además, la declaración apareció poco después de que las autoridades estadounidenses —otro factor de disonancia para el gobierno mexicano— también repartieran aplausos al diligente secretario. Qué bonita coincidencia: el Verde y Washington echándole porras. Para ciertos sectores del oficialismo, una combinación menos tranquilizadora que una serenata a medianoche con patrullas afuera.

El supuesto favor podría salirle a Harfuch como esos regalos que incluyen mensualidades. Llega cuando crece la tensión entre Morena y el PVEM por las exigencias del Verde para mantener la alianza rumbo a 2027, y cuando las acusaciones de injerencismo estadounidense calientan el ambiente. El aliado incómodo ha ganado posiciones y capacidad de negociación: ya no se conforma con acompañar la foto; también quiere decidir quién sale en ella.

En ese contexto, el elogio de Velasco puede leerse como presión negociadora con moño. No solo pondera a Harfuch: también eleva el costo de una eventual ruptura. Si el Verde pregona a un favorito del oficialismo, lo etiqueta, lo vuelve moneda de cambio y le prende el reflector antes de tiempo. Un abrazo tan entusiasta que convendría revisar si no dejó pegado el precio.

En la familia política también ocurre que, cuando todo el vecindario elogia al hijo, los hermanos empiezan a preguntarse quién le pagó la publicidad.

Las encuestas, aunque prematuras y desiguales, apuntan en esa dirección. Una medición de CE Research levantada en junio le atribuyó alrededor de 40% entre simpatizantes de Morena, muy por encima de Marcelo Ebrard, con 16%. Otros sondeos mostraban una competencia más cerrada. Las cifras varían; la tendencia descrita, no. Eso sí: una cosa es la aprobación de un funcionario y otra la preferencia para hacerlo candidato. No conviene meter ambas en la misma licuadora y servirlas como triunfo asegurado.

Dos punteros y una sucesión que ya pidió mesa

Gobernar consume tanto tiempo que apenas deja espacio para pensar en quién gobernará después. Pero preparar la sucesión también forma parte de las responsabilidades de quien lleva el bastón de mando. No basta con administrarlo: hay que prever quién lo recibirá y evitar que termine convertido en garrote durante la pelea familiar.

Un análisis previo ya advertía sobre los escenarios preocupantes que enfrenta Morena para la sucesión, pese a su éxito. Conforme avanza la cuenta regresiva, el dilema se vuelve más apremiante: si Sheinbaum y Morena están conformes con que Harfuch o Marcelo Ebrard protagonicen la tercera temporada de la Cuarta Transformación, la inercia puede hacerles buena parte del trabajo. Por ahora, no aparece una tercera figura capaz de disputarles una encuesta abierta, el método utilizado por Morena para elegir a sus ungidos. El reparto principal parece definido; lo que falta es saber quién encabezará los créditos.

Como PAN, PRI y Movimiento Ciudadano no parecen en condiciones de construir una candidatura competitiva, el análisis sitúa la verdadera sucesión dentro del oficialismo: más en la disputa interna de 2029 que en las urnas de 2030. La oposición, por ahora, corre el riesgo de llegar al banquete cuando ya estén recogiendo los platos. Es un escenario político, no una sentencia irrevocable, pero explica por qué la pelea importante podría ocurrir antes de la campaña formal.

A eso se suma López Obrador. No hace falta inventarle vetos ni atribuirle instrucciones secretas para reconocer que su sombra pesará sobre el desenlace. El fundador podría no compartir lo que las encuestas y la inercia van imponiendo. Una cosa es retirarse a Palenque y otra que su nombre deje de sentarse a la mesa.

Ser el candidato a vencer tres años antes de la elección equivale a ponerse una diana en la espalda y anunciar que se aceptan turnos. Los adversarios de fuera harán fila; los de dentro quizá lleguen con pase preferente.

Ebrard dispone de otras cartas: oficio político, red internacional y experiencia en mesas difíciles. En un sexenio atravesado por la revisión del T-MEC y las presiones de la Casa Blanca, esas credenciales pesan. Puede funcionar como seguro institucional de Morena: el político al que se llama cuando la conversación con Washington deja de parecer negociación y empieza a sonar a ultimátum. Su experiencia y sus contactos explican por qué seguirá bajo los reflectores.

Pero tampoco llega sin equipaje. Arrastra la impugnación de su derrota frente a Sheinbaum en 2023 y la crítica de sus adversarios de que su lealtad al movimiento es más pragmática que visceral. Dicho sin incienso: algunos le reconocen el oficio, pero todavía le revisan el certificado de amor a la causa.

Si quieren un tercero, ya deberían estar calentándolo

Aquí está el asunto de fondo: si Sheinbaum, Morena y el propio López Obrador no están convencidos de que el candidato deba ser Harfuch o Ebrard, tendrían que trabajar desde ahora en una alternativa popular. Los presidenciables no se improvisan como un templete ni aparecen por generación espontánea detrás de una conferencia.

La designación formal ocurrirá dentro de tres años, pero la competencia real arrancará antes. Pasadas las elecciones intermedias, las ambiciones saldrán a tomar aire y los discretos empezarán a descubrir una irresistible vocación de recorrer el país.

En 2023, Sheinbaum y Ebrard anunciaron sus aspiraciones casi año y medio antes de la elección. Quien quiera competir en la siguiente ronda tiene que empezar a construirse desde ahora. Esperar a que suene la campana para comprar los guantes no parece una gran estrategia.

Construir un candidato popular no es fácil. La ventaja de los dos punteros es enorme y ambos seguirán siendo protagonistas durante el resto del sexenio: uno por la seguridad; el otro por la relación con Washington. Mientras los demás buscan cómo entrar a cuadro, ellos tienen asuntos que los colocan de manera recurrente en el centro de la conversación.

Cualquier otro integrante del gabinete parte con un rezago considerable de visibilidad, y la notoriedad no se fabrica con tres boletines y una foto mirando al horizonte. Habría que incorporar gobernadores, proyectar a secretarios y subsecretarios con potencial y exponerlos a la opinión pública con suficiente anticipación. No basta con que alguien tenga capacidades para gobernar: también necesita que la gente sepa quién es.

Si esa es la estrategia de las cabezas de Morena, se están tardando. Ya no son los tiempos de Díaz Ordaz o Echeverría, cuando el soberano señalaba a su delfín y el resto se ocupaba de aplaudir con entusiasmo reglamentario. El proceso de selección tiene vida propia y los votantes muestran mayor autonomía frente a las autoridades. Incluso en las gubernaturas, Morena ha tenido que sacrificar al candidato deseable para optar por el factible. El favorito del despacho no siempre es el favorito de la calle.

La otra opción consiste en hacerse al ánimo de que cualquiera de los dos punteros resulta aceptable. Bajo esa premisa, el escenario descrito permite anticipar una campaña favorable. Pero una cosa es confiar en la ventaja del oficialismo y otra confundirla con una garantía notariada de victoria.

Lo que no conviene es la indefinición. El peor escenario sería que, al cuarto para las doce, Palacio Nacional o Palenque decidieran que siempre no: que quieren otro rostro, otro perfil, otro heredero.

Improvisar en unos meses un candidato popular frente a dos favoritos consolidados sería casi imposible. Hacerlo a destiempo podría resultar devastador para el movimiento. El dedazo de emergencia puede señalar a alguien; lo que no puede hacer es inyectarle reconocimiento público por decreto.

2027: el Verde no está cantando, está cotizando

Las elecciones de 2027 serán la estación obligada. Si Morena conserva músculo territorial, Sheinbaum podrá conducir la sucesión desde una posición de fuerza. Si pierde terreno, se complican las gubernaturas o el PVEM encarece su apoyo, la carrera presidencial se contaminará antes de tiempo.

En realidad, el destape de Velasco habla menos de 2030 que de 2027. La capacidad del Verde para obtener candidaturas y condicionar acuerdos ayuda a entender el mensaje: cuando llegue la hora de contar votos, repartir posiciones y construir mayorías legislativas, su compañía tendrá precio. El cariño de coalición también se cotiza.

Por eso, la comparación con Pedro Infante tiene más de negociación que de serenata. Velasco no solo está diciendo que Harfuch es popular; está recordando que su partido puede quererlo, ofrecerle una plataforma y convertir esa posibilidad en una ficha sobre la mesa.

La sucesión ya empezó, aunque nadie quiera reconocerla en público. Velasco, quizá sin proponérselo, le entregó a Harfuch uno de los regalos más peligrosos de la política mexicana: convertirlo, demasiado pronto, en el hombre a vencer.

Y a Morena le dejó una pregunta que no se resuelve cantando Las mañanitas: si de verdad quiere otra opción, ¿cuándo piensa empezar a construirla?

Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/JORGE ZEPEDA PATTERSON

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