En la política mexicana hay carreras que no se construyen con resultados, sino con cercanía. El examen no pregunta qué sabe usted de presupuesto, seguridad o servicios públicos, sino quién le contesta el teléfono. La preparación puede esperar; la palanca, jamás.

La disputa de Morena por la candidatura a la Alcaldía de Macuspana, Tabasco, vuelve a colocar ese vicio bajo la lupa. José Antonio Rodríguez Subiaur, funcionario estatal identificado por medios locales como antiguo chofer de José Ramiro “Pepín” López Obrador, se registró el 10 de octubre como aspirante a la Coordinación Municipal de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional, la antesala partidista de las candidaturas rumbo a 2027.

Su aspiración llega acompañada de señalamientos de favoritismo y de una pregunta incómoda: ¿se está valorando una trayectoria o premiando la proximidad con el hermano del expresidente?

Conviene poner una precisión sobre la mesa: haber sido chofer no descalifica a nadie para gobernar. Despreciar un oficio sería clasismo, no fiscalización. El problema no es haber conducido un automóvil, sino que la cercanía con el pasajero pudiera convertirse en pase preferente para conducir un municipio. Una cosa es conocer las calles de Macuspana; otra, acreditar capacidad para administrarla.

La semblanza disponible publicada por GRUPO REFORMA presenta a Rodríguez Subiaur como técnico en informática, fundador de Morena y participante durante más de dos décadas en movimientos de izquierda.

Documentos públicos también lo ubican en tareas de enlace territorial de la Secretaría de Gobierno de Tabasco. Esos antecedentes deben examinarse por lo que acreditan, sin inflarlos ni borrarlos. Lo que no corresponde es sustituir la evaluación de resultados por una carta de recomendación invisible: “Es de los nuestros”.

Desde julio, el morenista Abraham Morales, conocido como “Guatemala”, denunció intenciones de imponerlo sobre otros aspirantes.

Por separado, el abogado Jorge Eduardo Falcón Franco lo acusó públicamente de presuntas amenazas y sostuvo que había sido chofer de “Pepín” durante al menos 30 años. Son señalamientos que deben investigarse y contrastarse, no hechos que puedan darse por probados. Tampoco la cercanía política demuestra, por sí sola, una imposición.

Pero esas reservas no vuelven impertinente el escrutinio. Al contrario: cuando un aspirante es señalado por sus vínculos con uno de los funcionarios más poderosos del estado, la respuesta exigible es transparencia, no una invitación a cerrar los ojos.

La imagen que dejan estas acusaciones tiene más de corte que de transformación: alrededor del señor se acomodan los cercanos, los leales y los recomendados; afuera esperan quienes todavía creen que el servicio público exige algo más que acceso al despacho. Como analogía, el viejo favor cortesano resulta demoledor: no hace falta heredar un título si se puede heredar el oído del poderoso.

En ese retrato del llamado clan López, Macuspana corre el riesgo de aparecer no como una comunidad con derecho a elegir, sino como una parcela donde se discute quién recibe la bendición. El municipio natal de Andrés Manuel López Obrador no es patrimonio familiar, y su Ayuntamiento no debería funcionar como premio de fidelidad. La lealtad personal puede merecer gratitud privada; no concede derechos sobre un cargo público.

“Pepín” niega que vaya a imponer candidato. El 17 de octubre afirmó que la selección se resolverá mediante una encuesta: “Es el método, no hay otro”. Rodríguez Subiaur, por su parte, asegura que existe “piso parejo” y promete respaldar a quien gane.

Bien. Entonces corresponde demostrarlo. La palabra “encuesta” no debe funcionar como agua bendita partidista: pronunciarla no purifica automáticamente un proceso. Para despejar las sospechas importan las reglas, la metodología y las condiciones de competencia, no solamente la reiteración de que todos participan en igualdad.

El fondo del asunto es sencillo: el mérito no puede ir en la cajuela mientras la lista de contactos ocupa el asiento del conductor. Si Rodríguez Subiaur tiene capacidad, resultados y respaldo, que los acredite. Si su ventaja fuera el patrocinio de “Pepín”, estaríamos ante el mismo reparto de favores de siempre, apenas rebautizado con una consigna nueva.

Porque cambiarle el nombre a la antesala no cambia la naturaleza del privilegio: cuando para llegar al Ayuntamiento importa más a quién se ha servido que cómo se piensa servir a la ciudadanía, la transformación termina reducida a un cambio de pasajeros.

Con información: ELNORTE/

Tu comentario es valioso:

Descubre más desde ValorTamaulipeco

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo