México no necesita otro aplauso estadístico. Necesita explicar por qué el recuento de un gobierno que apenas rebasa los dos años ya contiene 50,045 víctimas de homicidio. Ese es el acumulado que presenta TResearch para la administración de Claudia Sheinbaum al 23 de octubre de 2026: 753 días, un promedio de 66 personas asesinadas diariamente, una víctima cada 22 minutos. La cifra no describe una anécdota de inseguridad. Describe una barbarie que ninguna flecha descendente vuelve aceptable.

El recurso más cómodo de Claudia Sheinbaum y Omar Garcia Harfuch ha consistido en poner a López Obrador enfrente sin citarlo por nombre y apellido : con él eran 95 víctimas diarias, señala el reporte. Frente a semejante precedente, 66 parecen una buena noticia. Ese es el problema del espejo: cuando la referencia es una matanza todavía mayor, la carnicería siguiente puede posar para la fotografía del progreso. La diferencia estadística existe; la absolución política no viene incluida.

El truco de escoger al peor vecino de la fotografía

La comparación histórica del propio documento rompe cualquier tentación de sacar el confeti. En el corte que TResearch identifica como el mes 25 de gobierno, Sheinbaum acumula 50,045 víctimas; López Obrador, 76,525; Peña Nieto, 45,072; Zedillo, 31,444; Calderón, 23,722; Fox, 21,340, y Salinas, 14,493. Dentro de esa serie y bajo la metodología del reporte, el actual gobierno queda por debajo del obradorismo, pero por encima de todos los demás.

Así que el titular incómodo no es únicamente que hay 35% menos víctimas que con López Obrador,no 52% como presume el oficialismo embustero.

También es que el país acumula más víctimas que durante el corte equivalente de Peña Nieto y más del doble que con Calderón. Elegir solamente al antecesor más sangriento como referencia ofrece una ventaja narrativa evidente: permite presentar un saldo descomunal como si fuera una credencial de buena conducta. Los otros renglones de la misma tabla arruinan la ceremonia.

Fuera del espejo mexicano, la fotografía sigue siendo brutal

El horizonte no termina en Palacio Nacional. La comparación internacional incluida en el informe coloca a México, para 2025, en 21.2 homicidios por cada 100 mil habitantes: por encima de Brasil, con 19.2; Costa Rica, con 16.8; Chile, con 5.4, y Argentina, con 3.7. El propio documento calcula que la tasa mexicana equivale a 4.1 veces el promedio mundial que utiliza como referencia. No es necesario escoger a los países más seguros del planeta para advertir el tamaño del desastre.

Ecuador aparece con 50.9 homicidios por cada 100 mil habitantes; Colombia, con 25.8, y Honduras, con 23.2. Que otros países estén peor no convierte a México en un país seguro: lo coloca dentro de una comparación regional atravesada por niveles extremos de violencia letal. El fondo de la tabla no es una política pública ni una coartada. Siempre habrá otro infierno disponible para quien quiera vender el suyo como una habitación ventilada.

El reporte incorpora, además, una tasa proyectada de 15.2 para México en 2026. Es una proyección, no un cierre consumado. Colocarla entre cifras anuales de otros países no convierte el pronóstico en resultado: el futuro estadístico todavía no puede expedir certificados de paz.

El promedio nacional también sirve para esconder el incendio

La escala estatal resulta todavía más demoledora. Para los últimos doce meses considerados, el documento calcula tasas de 74 homicidios por cada 100 mil habitantes en Colima; 48 en Morelos; 45 en Sinaloa; 40 en Baja California, y 39 en Chihuahua.

En su comparación de referencia —con periodos distintos—, Colima queda por encima de Ecuador, y nueve estados mexicanos superan la tasa colombiana. No hace falta confundirlos con países: basta observar cuánta violencia cabe dentro de una sola entidad mexicana.

Tampoco todos los movimientos recientes apuntan hacia abajo. El mismo reporte registra en Sinaloa 162 víctimas durante los últimos treinta días, 62 más que en los treinta anteriores; en el Estado de México, 150, un aumento de 39.

El promedio nacional puede bajar mientras determinados territorios siguen contando muertos a un ritmo creciente. La línea general no les sirve de escudo.

Las cifras no necesitan maquillaje ni exageraciones

Hay que llamar a cada dato por su nombre. El acumulado de TResearch combina registros de INEGI, cifras del SESNSP y conteos preliminares, según su disponibilidad; sus comparaciones internacionales también reúnen años y fuentes diferentes. Eso exige identificar los cortes, no rebajar la gravedad. Tampoco permite presentar estas 50,045 víctimas como un inventario de toda la violencia: el documento contabiliza homicidios, no la totalidad del daño que vive el país.

La pregunta no es qué porcentaje permite presumir menos muertos. Es por qué más de 50 mil víctimas durante esta administración tendrían que entrar en la conversación pública como un argumento de satisfacción. El obradorismo dejó un referente tan atroz que facilita una comparación favorable; no dejó una vara moral con la cual declarar aceptable lo que vino después.

Una reducción no resucita a nadie. Y un gobierno no debería necesitar el cementerio de su antecesor como fondo de pantalla para que el suyo parezca un logro.

Con información: TRESEARCH/

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