El mas reciente mensaje de Francisco Javier García Cabeza de Vaca en redes tiene una maniobra central: quiere que discutamos quién está presionando a sus excolaboradores antes de discutir qué hicieron, qué firmaron y quién dio las instrucciones. Se presenta como perseguido, convierte a sus antiguos funcionarios en rehenes y atribuye a su adversario Americo Villarreal a quien llama narcogobernador (…y no se equivoca) la fabricación de toda la trama.

El nuevo episodio de esta misma temporada de pleitos permite presumir una simetría con el crimen política y criminalmente organizado, que puede analizarse a partir del discurso y de las prácticas denunciadas.

1. «Es evidente la presión política»

«Es evidente» es el clásico «créeme, compadre» vestido de declaración institucional. Cabeza de Vaca arranca dando por probado precisamente lo que tendría que demostrar: quién presionó, a quién, mediante qué amenaza y para obtener qué declaración.

En jerga de plaza: quiere que aceptemos que a su gente la están doblando, pero no enseña el mensaje, la amenaza ni la orden del supuesto apriete.

Y hay una diferencia que su discurso procura borrar: una persona puede estar sometida a un proceso penal y denunciar presiones; lo segundo no vuelve automáticamente inexistente lo primero.

2. «El narco gobierno de Tamaulipas»

Aquí vuelve a colocarle la etiqueta de «narcogobernador», que el propio Américo Villarreal ha confirmado tanto con sus acciones como con sus omisiones desde que aspiraba a la gubernatura.

Traducido al lenguaje del pleito: «No revisen mi cargamento de pendientes; miren el del contrario».

El problema de su defensa es elemental: aunque se acreditaran las vastas y sobradas irregularidades y la conducta delictiva del gobernador Américo Villarreal, eso no absolvería a los responsables de las cometidas durante la administración anterior. Los expedientes no se cancelan por compensación. No existe el beneficio judicial de «el otro también trae cola».

3. «Exfuncionarios y/o ex colaboradores de mi administración»

Aquí aparece la cuadrilla cuando ya resulta incómoda: antes eran parte de «mi administración»; ahora conviene explicar sus declaraciones como producto del sometimiento. Cabeza de Vaca no los presenta como funcionarios que pudieran tener conocimiento directo de las decisiones internas, sino como personas cuya voz habría sido capturada por el adversario.

Y no debemos escamotearle que tiene mucho de razón: conoce las entrañas del poder y sabe cómo opera; él mismo quiso meter a la cárcel al hoy gobernador.

Pero tampoco hay que comprarles el boleto de inocencia a los exsecretarios: haber recibido instrucciones no borra por sí mismo las firmas ni las responsabilidades propias.Ni el jefe queda limpio porque sus subordinados estén imputados, ni los subordinados quedan limpios por apuntar al jefe.

4. «Ha convertido la fabricación de delitos en un instrumento distractor y de presión»

Es una acusación de enorme tamaño envuelta en una frase muy cómoda: si los delitos son fabricados, él no necesita discutir los hechos; solamente denunciar al fabricante. Pero la publicación no identifica qué documento sería falso, qué prueba habría sido alterada o qué conducta concreta se le atribuye indebidamente.

Mucho «me están armando la carpeta», poca explicación de dónde estaría la costura.

El contraste importa: las causas contra García González se refieren a contrataciones específicas y suman 11 millones 612 mil 941 pesos. La existencia de contratos y procesos no demuestra responsabilidad penal, pero sí exige una respuesta más precisa que descalificar todo el paquete como un montaje. Por cierto, también se acusa a la esposa y al hijo de Américo Villarreal de incurrir en las mismas conductas.

5. «Ambos leyeron documentos con planteamientos muy similares»

Cabeza de Vaca convierte una semejanza de forma en prueba de sometimiento: como Gloria Molina y Carlos García habrían leído planteamientos parecidos, concluye que existe una operación detrás.

Y hay una posibilidad que al antiguo jefe no le acomoda: que dos personas describan una cadena de mando semejante porque trabajaron dentro de la misma administración.

En lenguaje de plaza: que dos radios transmitan algo parecido no demuestra quién trae la frecuencia.

6. «Que jamás sucedieron y que […] no representan delito alguno»

Esta es la frase más necesitada de bisturí. Cabeza de Vaca junta dos defensas distintas: niega los hechos y niega su carácter delictivo. Ambas pueden plantearse alternativamente, pero requieren argumentos diferentes. En el mensaje aparecen amontonadas, como si una reforzara automáticamente a la otra

Primero: «Eso nunca pasó».

Después: «Y, además, eso no era delito».

Bueno: que precise qué niega y qué sostiene que fue legal. Porque no basta aventar las dos versiones a la caja de la camioneta y esperar que alguna llegue viva al juzgado.

7. «La reiteración de esta narrativa no deja dudas»

Sí deja dudas. Precisamente por eso hacen falta pruebas.

«Narrativa» funciona aquí como palabra desinfectante: permite tratar como libreto político lo que sus excolaboradores presentan como instrucciones recibidas. Según el reporte compartido, García González atribuyó expresamente a la oficina del entonces Ejecutivo, y en particular a Cabeza de Vaca, las instrucciones relacionadas con los hechos que le imputan y no es nada descabellado.

Pero tampoco se evapora porque el señalado le cambie el nombre a «narrativa».

No es lo mismo desmontar una declaración que ponerle un apodo.

8. «El sometimiento del que son objeto»

La frase también tiene una utilidad política: convierte a quienes lo señalan en personas sin autonomía. Ya no estarían hablando por conocimiento, conveniencia, defensa propia o una mezcla de motivos; estarían hablando porque alguien los trae amarrados. Eso es lo que sostiene Cabeza de Vaca, sin acreditarlo en la publicación mostrada.

La lealtad queda planteada como una prueba tramposa: si lo defienden, hablan libremente; si lo comprometen, los tienen sometidos.

En jerga del corrido político: el jefe acepta el radio mientras reporte «sin novedad»; cuando transmite problemas, asegura que lo trae intervenido el contrario.

9. «Rómulo Garza es el claro ejemplo»

Lo menciona como demostración, aunque no explica los hechos del caso, ya es otro escándalo nacional.

10. «Narcoterroristas que le financiaron su campaña»

Aquí llega la ráfaga verbal: «narco», «fabricación», «sometimiento», «narcoterroristas». Son acusaciones graves que Cabeza de Vaca dirige contra Villarreal y otros morenistas que tienen sobrado contexto en la lastimosa realidad.

Pero dicho sin rodeos: no puede usar el apellido Carmona como granada contra la otra banqueta y pedir que nadie revise si también quedó pólvora en su escritorio.

El parecido: cada quien quiere investigar al contrario y absolverse por micrófono

La comparación más sólida no consiste en decretar que Américo y Cabeza de Vaca son «lo mismo» en responsabilidad penal. Eso tendría que demostrarse caso por caso. Consiste en rechazar una trampa del pleito: que el descrédito de uno sirva de certificado de honradez para el otro.

Ese es el terreno donde la crítica puede pegarles a ambos sin inventar culpabilidades: al exgobernador que responde con descalificaciones en lugar de aclaraciones, y a las autoridades responsables de investigar que deben producir resultados verificables, no solamente mantener el expediente como escenografía.

Cabeza de Vaca quiere discutir quién trae sometida a la antigua cuadrilla. La ciudadanía necesita saber algo menos cinematográfico y bastante más peligroso para cualquier gobierno: quién ordenó, quién firmó, quién cobró y qué pruebas lo acreditan.

Porque entre tanto «ellos son los malos» y «a mí me persiguen», el dinero público corre el riesgo de convertirse en el único desaparecido al que ninguno de los bandos tiene demasiada prisa por encontrar.

Con información: @FGCabezadeVaca/

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